Típicas paranoias crouzonianas acompañadas da imbecilidade propia dun cerebro apodrecido.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
El tres de setiembre
El tres de setiembre salí de casa. Delante de ella se extendían campos, viñedos, árboles, secos barbechos, manchones de hierba. Las vides, cargadas de racimos, se reclinaban voluptuosamente contra los chopos, como las mujeres, con el pecho henchido de juventud, se apoyan en el hombre que aman. Todo el cielo se hallaba lleno de viento que hacía reír con lentos sobresaltos todas las hojas; de monstruos pardos que se estriaban lentamente en el azul; de montañas blancas que se desvanecían; del olor de la tierra húmeda y del maíz amontonado en la era.
Me dirigí hacia el río, a través del vuelo de las abejas negras, amarillas, bordoneantes. El agua era escasa, lenta y cenagosa. A pesar de esto, este río me causó placer. Caminando por la ribera, de cara al viento, hollando las mariposas inmóviles en el suelo, adormecidas por la puesta, llegué al vado. La barca me esperaba y, en un momento, me hallé al otro lado.
¿Por qué prefiero la otra ribera? ¿Porque allí son más tupidos los árboles y la hierba es más alta? Nada de eso. Yo amo los paisajes desnudos donde el sol se puede tender todo el día como un vagabundo. Amo, tal vez, esa otra ribera porque es "la otra", porque no es la mía; porque no es aquella a la que me veo obligado a volver todas las noches.
También el 3 de septiembre me senté sobre la hierba y cuando, cerca de mí, un pescador tendió sus redes y se dispuso a engañar también aquel día a los ridículos peces, pensé que podía comenzar mi obra. Me levanté para acercarme aquel hombre. Yo no llevaba absolutamente nada en la mano. En el bolsillo llevaba un libro, pero no tenía ninguna gana de leer. El pescador no me miró siquiera. Era un jovencito bajo, con la cara morena y la boca enorme. No parecía inteligente, pero yo no tenía derecho a censurarle "también" esto.
Él se inclinó y lanzó la red al agua. Comenzaba la espera soñolienta del hombre que no piensa en la muerte. Todo estaba tranquilo, pero las sucias moscas que adivinaban el temporal giraban sin reposo en torno nuestro.
¿Para qué esperar más? Hice la pregunta que he de repetir tantas veces:
- ¿Por qué haces eso?
El jovencito me miró con la expresión que yo ya me había imaginado antes de que hablase: entre el estupor y la compasión. Pero no contestó. Tuve que repetir la pregunta. No podía soportar, en aquel momento, el silencio.
- Para coger peces.
- ¿Y para qué quieres coger peces?
- Para venderlos.
- ¿Y qué haces con el dinero que obtienes?
- Compro pan, vino, aceite, vestidos, zapatos y todo lo demás.
- ¿Y por qué compras todas esas cosas?
El jovencito se quedó un poco perplejo. Tuve también, esta vez, que repetir la pregunta, mirándole fijamente. Él miró en torno, como si escuchase el silencio. Tal vez comenzaba a sentir algún recelo, pero contestó:
- Para vivir.
- Pero, ¿por qué -repliqué de pronto- quieres vivir?
La sorpresa y la alegría del pescador se exteriorizan desde ese momento de un modo ilimitado. Ahora creía saber ya quien era yo, no me juzgaba peligroso, pero no acertaba a comprender lo que me proponía. Yo no tenía ninguna razón para interrumpir el coloquio. Repetí, por lo tanto, con una nueva obstinación la pregunta, mientras miraba duramente al acusado.
El jovencito intentó sonreír con desprecio.
- Vivo porque he nacido.
- Pero, ¿para qué fin vives?
- ¿Para qué fin? ¿Qué quieres decir con eso?
- Quiero decir: ¿cuál es, para ti, la cosa más importante de la vida?
- He comprendido. Mi finalidad es ésta: pescar.
Me alejé despechado a lo largo de la ribera, pisoteando las florecicas mustias y la hierba sin frescura. Gritos estridentes de muchachos venían de más allá de las malezas. Llegué a un lugar donde se abría, en el seto, una cancela de madera. La empujé y entré en el campo, avanzando con la cabeza baja por la senda mórbida. Había visto, a la izquierda, un campesino que se hallaba cavando y me dirigí decididamente hacia él. Ya me había visto y, por debajo del ala resudada del sombrero de paja, me miraba recelosamente. Se acercaba la vendimia y todos se hallaban en armas contra los ladrones de uva. El silencio de la tarde se interrumpía bruscamente con los resonantes disparos de fusil, hechos al aire.
Cuando me hallé cerca del campesino lo miré. A sus pies la tierra húmeda y arenosa había sido movida con calma y se preparaba para otra siembra. La tierra abierta me conmovió como un dolor, pero no pude abstenerme de repetir mi pregunta:
- ¿Por qué haces eso?
El campesino me vio con sus negros ojos inquietos y respondió:
- Para que nazca el grano.
- ¿Y para qué quieres que nazca el grano?
- Para hacer pan.
- ¿Y para qué tienes necesidad de hacer pan?
- Para subsistir.
- Pero, ¿para qué quieres vivir?
Al oír esta pregunta el hombre bajó la cabeza y reanudó su paciente trabajo. El desnudo pie se apoyó de nuevo sobre el hierro y la tierra se abrió y se hizo más oscura y fresca en un momento. Repetí algunas veces la pregunta, pero no obtuve por respuesta más que un gesto socarrón.
El viento continuaba riendo en torno de mi cabeza. Me quité el sombrero, miré al cielo, escuché el sonido de la sirena de una fábrica. Tuve que volver a tomar el sendero y salir del campo.
¡Qué bella me pareció el agua en aquel momento! Caminé un trecho por la ribera, buscando con los ojos al tercer acusado. Los sauces, alineados en cuatro filas, me acompañaban lentamente, y se inclinaban repetidas veces a las embestidas del viento. Cerca había un prado y en el prado una muchachita vestida de rojo se hallaba inclinada para recoger las últimas flores del estío.
Yo deseaba en aquel momento un ser, pequeño o grande, que supiese hablar. ¿Qué me importaba todo lo demás? La niña era rubia, pequeña, tal vez estúpida. Me bastaba que no fuese muda y no huyese. La llamé desde lejos como se llama a los perros. Ella alzó la cabeza entre las flores, me miró sonriendo y dio uno o dos pasos hacia mí. Apenas me hallé a su lado repetí la necesaria pregunta:
- ¿Por qué haces eso?
La muchachita no se hizo rogar y me respondió en seguida.
- Para hacer un ramo a la Virgen.
- ¿Y por qué quieres hacer un ramo a la virgen?
- Para que se acuerde de mí.
- ¿Y por qué quieres que se acuerde de ti?
- Para que me prepare un puesto en el paraíso, cerca de ella, cuando esté muerta.
Bastaba traducir al absoluto las palabras de la rubia para que constituyesen una contestación a lo que le había preguntado. ¿Por qué obraba de aquella manera la muchachita vestida de rojo? Para obtener el paraíso. Vivía, pues, para prepararse para la muerte. Ésta es una contestación, una contestación que no supieron darme los dos grandes ladrones del agua y de la tierra.
Los había olvidado apenas aplasté con mis pies presurosos el trébol y el césped del prado. Marchaba ahora menos triste a lo largo de la ribera. Terminé, al final, cantando. La muchacha me seguía, sosteniendo con sus dos manos el delantal lleno de flores amarillas y violáceas. Pero cuando me volví, al cabo de un trecho, para saludarla y recibir el viento de cara, vi que no solamente ella me había seguido. Más lejos, medio escondidos entre los sauces, venían, charlando entre sí, los dos primeros acusados: el pescador y el campesino.
¿Cómo se habían encontrado? ¿Por qué me habían seguido? No lo sabía, pero vi que "yo" había sabido acercarme a ellos. A pesar de la distancia, estaba seguro de que hablaban de mí. ¿Tal vez a causa de la muchacha? Pero, ¿por qué iba a tener miedo? Me detuve y los esperé, cantando en voz baja. La muchacha siguió su camino y pasó delante de mí; los dos hombres se aproximaron. Sus rostros tenían una expresión malvada; la enorme boca del joven sonreía burlonamente, los ojos potentes del viejo lanzaban relámpagos.
Cuando estuvieron a mi lado se abalanzaron contra mí, insultándome y maltratándome. Eran dos, furiosos y robustos -yo estaba solo, tranquilo y débil-.A los pocos momentos me redujeron a la impotencia, blasfemando para desahogar el furor hasta entonces contenido. Con pasos rápidos salieron de la ribera cubierta de hierba y se metieron en el arenal lodoso. Tuve tiempo para columbrar las ranas pequeñas y pardas saltando hacia los pequeños baches entre las piedras húmedas. Los dos hombres me zarandearon como in saco, como un muerto, y luego me tiraron al agua, riéndose como borrachos.
El agua era baja -las lluvias de últimos de agosto no habían lavado todavía los racimos, ni hinchado los ríos-. Pude ponerme en pie y reanudar, con los huesos doloridos y el vestido empapado de cieno acuoso, el camino del vado.
Los dos hombres huían corriendo; la muchacha se hallaba lejos; y el viento soplaba todavía más fuerte, encolerizado por la pereza de las nubes. No había cambiado nada en el mundo.
- Mañana -dije sonriendo- es el cuatro de setiembre.
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