El terrorismo del siglo XXI se nutre de imágenes. Grandes budas esculpidos en piedra derruidos como símbolo de la facilidad con la que se puede destruir una vida, por muy sagrada que sea. La retransmisión en directo de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas. Un inmenso amasijo de hierros esparcidos por las vías entre los que sobresalen cuerpos humanos. Mostrarnos esas imágenes es la función del terrorismo reinventado por Bin Laden. Si la lucha contra este es una "guerra", el bando de los perseguidores del vil terrorista cometen el error de no mostrar imagen alguna, con lo que su acción no tiene la repercusión mediática que tuvieron los atentados ni su impresionante impronta visual.
Un Occidente en plena caída ha perdido la oportunidad de mostrar al mundo una imagen contundente de alguno de los valores que subsisten en esa parte del planeta y se ha mostrado, sin embargo, como un cochino, mediocre y vil matarife. La imagen de un Bin Laden en un banquillo respondiendo por sus crímenes, la imagen de un Bin Laden entre rejas, e incluso la imagen de un Bin Laden frito en la silla eléctrica después de que un juez, y solo un juez, le hubiese condenado a palmarla de esta forma habría sido un excelente despliegue visual capaz de contrarrestar las espantosas creaciones audiovisuales del terrorista saudí.
Las víctimas tienen derecho a que quien les ha dañado sea juzgado, introducido en el implacable mecanismo del sistema democrático para exprimir hasta su última responsabilidad y hacerle pagar por todas y cada una de las acciones inhumanas cometidas. Con un tiro en la cabeza y un empujón al fondo del océano se le quita a las víctimas el derecho de justicia, la satisfacción de pertenecer al bando de los justos e inocentes y la posibilidad de pedir explicaciones, aunque fuese de forma retórica, del porqué vivieron la muerte de los suyos. Sin juicio no hay satisfacción de los derechos de las víctimas.
En el paisaje que rodea a un hombre que pasa la vida a la sombra de una cárcel difícilmente se pueden encontrar elementos que conviertan a ese individuo en mártir, en un cadáver a merced de las corrientes submarinas todo lo que le rodea fluye en un decorado perfecto para las ilusiones ópticas, para la recreación romántica de la vida del muerto y de su triste final.
Que la patria de los mass media no sepa aprovechar su existencia es síntoma inequívoco de su decadencia.
Típicas paranoias crouzonianas acompañadas da imbecilidade propia dun cerebro apodrecido.
martes, 3 de mayo de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
O sopor como sustento da cultura
O sopor debera ser un elemento fundamental de transmision nas escolas, institutos e universidades do país, se é que aínda non o é, pois, segundo teño constatado, é un elemento de vital importancia á hora de crear na mente humana a necesidade de penetración de contidos de todo tipo que satisfagan a rede neuronal despois de horas de tedio.
Como experimentado sufridor do sopor que son -tres meses de becario no departamento de comunicación da Xunta de Galicia e soldado raso no 1º Batallón de Infantería Propagandística do concello de Ames- podo afirmar, como se realizase un detallado estudo dos efectos do sopor no tecido cerebral, que este estado de semiletargo é altamente beneficioso para a adquisición de todo tipo de coñecementos.
Así, sometido o corpo humano a un período de sopor que supere as oito horas diarias durante 5 días á semana, o individuo desenvolve unha adicción pola realización de labores de carácter intelectual, cultural e social que favorece o incremento de toda clase de coñecementos indispensables para o goce da vida.
Durante os tres meses nos que me adiquei a facer acto de presenza no gabinete de prensa de Presidencia da Xunta de Galicia fun desenvolvendo co paso dos días unha irritante sensación de vacío mental -o vacío estomacal era sofocado co asalto á máquina das porcalladas- que facía de min un pequeno sabueso olfateador de toda caste de obxectos que desprendesen algún tipo de cheirume a contidos interesantes, melodías altamente nutritivas ou imaxes vitaminadas.
Deste xeito, pasei de estar a babexar diante do ordenador a coller con entusiasmo calquera dos libros que o panfleto Público regalaba os sábados, chegando a ler dous á semana cunha voracidade pasmosa.
Descorporizarse dun corpo pesado, de boas carnes musculadas a base de paseos e criadas con exquisita gula; deslocalizarse dun despacho de insulsa decoración, pesado e abafante aire e desconcertantes -mesmo algunhas, irritantes- presenzas humanas e botarse de cabeza ao café onde aniñaba a colmena coas súas abellas pouco laboriosas, dispostas a arrimar a entreperna a calquera cacho de carne magra; afogar na soedade calorosa dunha casoupa sita no meio das plantacións sudafricanas á espera de que a violencia estouope en forma de torpe man negra namorada dunha decepción; pasear polas ruelas de Castroforte do Baralla entre mociñas virxes que glorifican nunha escura coba ao pirulí de la Habana, curas censores das máis básicas necesidades sexuais, paxaros contedores da Historia pasada máis noble da vila, intelectuais que consolan a vellez fodendo rapariguiñas contra a tapia do cementerio... E saír desa oficina ao aire mecanizado da rúa e meterse no cine para darlle aos oculos o que os oculos queren: rechmantes pantallazos de cine!
E todo polo sopor, xerme criador das máis básicas necesidades intelectuais.
Como experimentado sufridor do sopor que son -tres meses de becario no departamento de comunicación da Xunta de Galicia e soldado raso no 1º Batallón de Infantería Propagandística do concello de Ames- podo afirmar, como se realizase un detallado estudo dos efectos do sopor no tecido cerebral, que este estado de semiletargo é altamente beneficioso para a adquisición de todo tipo de coñecementos.
Así, sometido o corpo humano a un período de sopor que supere as oito horas diarias durante 5 días á semana, o individuo desenvolve unha adicción pola realización de labores de carácter intelectual, cultural e social que favorece o incremento de toda clase de coñecementos indispensables para o goce da vida.
Durante os tres meses nos que me adiquei a facer acto de presenza no gabinete de prensa de Presidencia da Xunta de Galicia fun desenvolvendo co paso dos días unha irritante sensación de vacío mental -o vacío estomacal era sofocado co asalto á máquina das porcalladas- que facía de min un pequeno sabueso olfateador de toda caste de obxectos que desprendesen algún tipo de cheirume a contidos interesantes, melodías altamente nutritivas ou imaxes vitaminadas.
Deste xeito, pasei de estar a babexar diante do ordenador a coller con entusiasmo calquera dos libros que o panfleto Público regalaba os sábados, chegando a ler dous á semana cunha voracidade pasmosa.
Descorporizarse dun corpo pesado, de boas carnes musculadas a base de paseos e criadas con exquisita gula; deslocalizarse dun despacho de insulsa decoración, pesado e abafante aire e desconcertantes -mesmo algunhas, irritantes- presenzas humanas e botarse de cabeza ao café onde aniñaba a colmena coas súas abellas pouco laboriosas, dispostas a arrimar a entreperna a calquera cacho de carne magra; afogar na soedade calorosa dunha casoupa sita no meio das plantacións sudafricanas á espera de que a violencia estouope en forma de torpe man negra namorada dunha decepción; pasear polas ruelas de Castroforte do Baralla entre mociñas virxes que glorifican nunha escura coba ao pirulí de la Habana, curas censores das máis básicas necesidades sexuais, paxaros contedores da Historia pasada máis noble da vila, intelectuais que consolan a vellez fodendo rapariguiñas contra a tapia do cementerio... E saír desa oficina ao aire mecanizado da rúa e meterse no cine para darlle aos oculos o que os oculos queren: rechmantes pantallazos de cine!
E todo polo sopor, xerme criador das máis básicas necesidades intelectuais.
martes, 22 de marzo de 2011
El demonio bajo la piel, o Casey Affleck en estado de gracia
Hay un momento dado en la elaboración de una tortilla en la que, para que toda ella se haga, es necesario darle la vuelta,. Dado que se trata de un momento de riesgo, puede caerse la parata y el huevo sobre el fogón con el chorrito de aceite que echamos en la sartén para calentar saltar todo por los aires como la casa del protagonista de Fight Club o caerse todo al suelo y tener que limpiarlo -lo que es peor, porque limpiar una masa de huevo y patata cocida del suelo siempre es peor que abrasarse los epitelios-. Por ello, cuando vamos a dar la vuelta a la tortilla bajamos el fuego y nos apartamos de él.
"El demonio bajo la piel" (que no diré en qué país he visto, porque luego me acusarán de cruzar la frontera para ir al cine en otro estado y no meter así mi dinero en nómina de los distribuidores y cineastas made in spain, haciendo así flaco favor a esta Patria Nuestra, desada e deseante, que diría el pelmazo de Juan Ramón) relata el proceso por el cual en el desarrollo vital de un individuo, sin saber muy bien el porqué, se le empieza a dar la vuelta la tortilla y en lugar de poner el fogón al mínimo y apartarse de él se va acercando tanto a él que al final decide consumirse entre las llamas con los protagonistas de su incandescente caída en el infierno.
Un novato policía de un pueblo de carcas debe expulsar, con buenas maneras y excelente educación, a una prostituta de la villa, puesto que el hijo del hombre más rico el pueblo -que se erige en dueño del mismo- se ha encoñado con ella y el bondadoso padre sabe que eso no es bueno y así pretende reconducir la vida afectivo-sexual de su vástago hacia las puritanas formas de roce sexual, es decir, la pareja estable y el matrimonio con las mozas más mongeriles de la comunidad.
Y el buen policía llama al timbre, le pide que se vaya, recibe los insultos de la joven y aniñada (tiene cara de cría de 14 años, no me lo pueden negar) prostituta, hasta que se cansa, la derriba, le baja los pantalones y la azota salvajemente. Y con los azotes empieza el pecado. Porque esta aniñada putita será sólo una parte del complejo plan que el novato policía tiene pensado llevar a cabo para vengarse del rico del pueblo, quien, como juez supremo de sus habitantes, hace años contrató al hermano del policía y le provocó la muerte en un extraño accidente con el que arrancó una mala hierba de la comunidad. Porque el hermano del policía no era más que un pederasta que abusaba de chicas jovencitas en el asiento trasero del coche de su padre.
Así, de los azotes pasa a una paroxística actividad sexual fingida en lo afectivo pero gozada en lo carnal con la prostituta, lo que supone la puesta en marcha del complejo plan.
Sin inmutarse, sin perder el control, sin dejar de ser consciente de que se lo van a llevar por delante, sin olvidar en ningún momento que los muertos pueden volver de la tumba ("Se acabó. Porque, ¿ya no se le puede hacer más daño a los muertos, verdad?" replica socarrón poco antes de que se queme la tortilla) y sin justificación moral alguna: dos horas en las que observamos con tenacidad, calma (no hay una carrera de golpes de efecto hasta el estallido final como en las malas películas, todo lo contrario, a fuego lento el sofrito se va constituyendo en parte esencial del plato hasta amalgamarse con el mismo y todo ello observando cómo las piezas encajan con suave precisión) y cierta dosis de ironía vemos cómo a un personaje que encarna la maldad por la maldad (nada de moralinas, ningún pasado cruel o humillante -a no ser que se considere humillante que tu madre te deje azotarle el culo para sentir placer, nada tengo en contra-) se le va dando vuelta la tortilla y en lugar de alejarse del fuego se aproxima a él con arrojo.
No había visto nunca al señor Casey Affleck. Su hermano no me chista demasiado -el típico rubio guaperas que hace pelis de típico rubio guaperas- pero Cassey, después de esta película, tiene un lugar en mi corazón: porque, ¿cómo no sentirse atraído por ese muchachote de ojos claros que con suma educación te calienta las nalgas con el cinturón?, ¿cómo no sentirse atraído por ese hombre solitario que sobre su cama se fuma un puro mientras sonríe como un niño que acaba de hacer una trastada, que sabe que los demás saben que ha hecho una trastada, y que con carita de angelito te mira desafiante y te acusa de acusarle sin pruebas?.
Pero hay un fallo en la película: uno de los actores rompe el tono del guión al ser un afamado protagonista de una serie de televisión en la que hace de policía con especiales dotes para la comprensión de los procesos psicológicos ajenos. Lo malo de introducir a actores de series de televisión muy vistas en una película es que inevitablemente el espectador medio bobo como yo identifica al actor con el personaje de la serie, y al verlo en un espacio que no es la serie no deja de preguntarse que coño hace ese personaje en la película. Así que, un consejo para directores: a esta gente no se le puede meter en el guión así como así, mucho menos si como en este caso interpreta el mismo papel -de poli- y viste casi de la misma forma, sin antes desparasitar al actor y al personaje que va a interpretar.
Si quieres meter a un médico cabrón en tu película no pongas al actor de House haciendo lo mismo que hace en House, mete a otro o haz que el actor se des-house-ice, que pierda todo elemento de identificación con el personaje de la serie. Si no es así, un elemento extraño se introduce en la historia, y aunque una pequeña arena en el zapato no te va a causar una hemorragia, sí te causará una molestia, y molestar a los espectadores -molestarlos con este tipo de errores, otra cosa es molestarlos como lo hace Haneke (pegándote una patada en la conciencia) o como Pasolini (mostrándote que en el fondo eres un cerdo al que le pone cachondo ver a jovencitos desnudos arrastrándose por el suelo y comiendo mierda)- no es de buena educación.
Esto no es todo, el entramado de personajes y acciones es mucho mayor de lo que yo he contado, pero ¿para qué molestarme en relataroslo cuando podréis verlo en el cine dentro de poco? Eso sí, quédense con esta cara, seguro que veremos algo mucho mejor en otra ocasión.
Con todo ello quiero decir que pasé un buen rato y, en los tiempos que corren, es una de las cosas más extrañas que te pueden suceder en un cine. Claro que en los cines del otro lado de la frontera no hay como aquí gente gilipollas que no deja de hacer ruído con las jodidas palomitas o soltar al aire estúpidos comentarios desprovistos de la más substancial inteligencia. Claro que para ello tienes que hacerte con un billete de avión y aterrizar en París después de haber conseguido el pertinente permiso para acudir a la premiere. Pero es lo bueno de ser rico y tener contactos, que puedes irte a ver una peli al culo del mundo sólo por alejarte del mundanal ruído galaico.
(P.D.: Para mi amigo, ya que tanto le van las tetas con las que juzga lo bueno y lo malo en algunas profesionales: aquí podrás disfrutar de la señora Jessica Alba. No salpique a los de delante cuando eyacule, pero disfrute)
martes, 15 de marzo de 2011
Heterocéntricos hasta la médula, pero progres como ninguno
Años ha que, sentado en una cafetería (esta frase me suena, la he escrito en otro sitio, en uno de esos cuadernos que compro maquinalmente, desvirgo, y tiro por el pazo que habito, como si de una muñeca hinchable de un solo uso se tratase, como si al rasgar la primera hoja las demás de evaporasen, pero seguiré con la frase, si Vila-Matas se repite y siguen dándole coba, yo también puedo repetirme, y no necesito que nadie me edite mis textualidades), pues eso, sentado en una cafetería a la espera de que diesen las 16.30 para que se abriese la puerta de la agencia de alquiler -alquiler, realquiler, gestión de comunidades, cuartos, apartamentos, estudios, sótanos, semisótanos, palomares y estercoleros, etc.- a la que arrendé mi ya citado pazo, uno de esos pensamientos contundentes que me acuden con cierta presteza a la cabeza me asaltó con un rigor inquebrantable: "En el mundo sólo hay hombres y mujeres. Qué aburrimiento".
Podría decir, en un fingido tono literario de poeta de periódico que "en ese momento empezó mi fascinación por les (les es el tercero en discordia, ni lOs, ni lAs. No es una tercera vía, ni un homenaje a Les, es simplemente un robo del francés con el que pretendo referirme a lo que no es ni machuno ni hembruno) hermafroditas". Pero mentiría, y en este rasguño se trata de decir la verdad, de abrirle las entrañas a la gente hasta que comprenda que el mundo no es la unión imperfecta entre hombres y mujeres.
Porque de la frasecilla que me escupió el cerebro mientras tomaba tranquilamente un descafeinado se deriva mi vieja diatriba contra el ser humano: dispuesto a reducirlo todo a un contingente comprensible y cerrado de existencias -el ser humano se divide en hombre y mujer, la pareja está formada por el hombre y la mujer, el perro y la perra, el koala y la koala, el ardillo y la ardilla, etc.- el humanoide medio ha reducido la inmensa pluralidad de personalidades existentes a dos órganos -el pito y la parrusca- a los que ha coronado con una única teoría de la existencia según la cual todo surge de la unión del pito y la parrusca, todo gira alrededor de estos dos elementos y entre ellos existe un amplio campo magnético por el que todo individuo venido al mundo ha de elegir en que "acera" prefiere pasear: en la de los oscilantes pitos, o en la de las introvertidas parruscas.
De ahí que, aunque años hayan pasado desde la explosión de las teorías sexuales que defienden la existencia (y esto a algunos les parecerá una payasada, pero a estas alturas aún hay que defender la existencia) de seres que no se mueven en el campo magnético-gravitatorio descrito arriba, aunque algunos de esos movimientos se hayan hecho con ciertos resquicios de poder logrando introducir en su riguroso sistema jurídico ciertos elementos que denotan la existencia de esos seres y proclaman su derecho a existir, a ser respetados y a tener los mismos derechos que los demás; aunque ello haya sucedido, cada vez que se plantea la cuestión de la "pareja" el debate se crea alrededor de dos trincheras, la de los enhiestos pitos contra la de las succionadoras parruscas. Y quien no se incorpore a alguna de esas dos trincheras no existe: maricón el último.
De este modo, incluso los más progres que utilizaron la conquista de derechos de los marginados del campo gravitatorio para darle un coscorrón a l@s malign@s conservadore/as, católic@s y demás cegat@s, se unen tranquilamente a uno de esos dos ejércitos y se enmierdan (enmerder) gustosamente en la "batalla de los sexos" sea cual sea el prisma -en el fondo siempre el mismo- utilizado para dar comienzo al enfrentamiento.
Y ello constituye un ejemplo vergonzante de la incapacidad del ser humano para aceptar como real lo que sus sentidos le indican que es real y su razón le exhorta a aceptar como real. Y así, a estas alturas de historia del ser humano sobre el depauperado planeta Tierra, uno puede encontrarse una tarde en una cadena pública de un país occidental y liberal-progresista -Catalunya- un debate en el que se plantean cuestiones de pareja, entendida esta en un sentido unívoco: hombre contra mujer. Por ello, a un lado de la mesa los hombres, al otro las mujeres y en medio un calvo. La eterna, insubstancial y poco razonable "batalla de sexos" vuelve una y otra vez y nadie tiene la suficiente lucidez como para acepar que carece de sentido, está desfasado, y lo más importante: igual que no se puede follar siendo cura, no se puede participar en estos debates siendo progre.
Habría que analizar la influencia que en la recomposición de esta "batalla" están teniendo las teorías y actitudes de ciertos grupos feministas según los cuales el mundo se divide en hombres heteros malos por naturaleza que pretenden dominar a las mujeres heteros buenas por naturaleza. Según estas teorías sólo hay una forma de ser hombre -ser machista- y una de ser mujer -comulgar con sus ideas, porque si no lo haces, entonces sacan a relucir su maravilloso invento de los roles, por el que una mujer que no comparte sus ideas no es más que una mujer machunizada que juega un rol masculino-. !Fantástico! Margaret Tatcher no es de mis políticas favoritas, pero pensar que jugó un rol masculino y no que fue una irreductible liberal que defendió con ahínco sus ideas incluso cuando estas iban en contra de los intereses de su partido me parece de una estulticia sublime. Porque, ¿acaso las mujeres no pueden ser liberales, conservadoras, etc., sin dejar de ser mujeres? ¿Acaso toda mujer que plantea o defiende postulados no feministas es una jugadora de "rol masculino"? ¿No les parece absolutamente anticientífico, antihistórico y antisocial plantear la cuestión del "rol masculino" para desacreditar a todas aquellas mujeres que -siendo incluso defensoras de los derechos de la mujer- no consideran que el papel que deban jugar en la sociedad sea el de crear una nación femenina homogénea y estática como contrapunto al exceso de pitos que coronan los centros de poder mundial? Y las partidarias de este discurso, centrado en la teoría de que el machismo es sólo una forma de dominación sobre la mujer, olvidan que entre las víctimas del machismo están todos los hombre que no militan en el ejército de los heterosexuales, perseguidos con igual o mayor saña que las mujeres por el simple hecho de no ser lo qure otros quisieran que fuesen.
Entre los machistas, los progres y las femi-estupidistas, el ser humano no hace más que retroceder con orgullo hacia la caverna. Pero no pasa nada, malo será que Ikea no lance una línea de muebles cavernícolas con los que decorar la morada de la estulticia a gusto del mono consumidor de turno.
Podría decir, en un fingido tono literario de poeta de periódico que "en ese momento empezó mi fascinación por les (les es el tercero en discordia, ni lOs, ni lAs. No es una tercera vía, ni un homenaje a Les, es simplemente un robo del francés con el que pretendo referirme a lo que no es ni machuno ni hembruno) hermafroditas". Pero mentiría, y en este rasguño se trata de decir la verdad, de abrirle las entrañas a la gente hasta que comprenda que el mundo no es la unión imperfecta entre hombres y mujeres.
Porque de la frasecilla que me escupió el cerebro mientras tomaba tranquilamente un descafeinado se deriva mi vieja diatriba contra el ser humano: dispuesto a reducirlo todo a un contingente comprensible y cerrado de existencias -el ser humano se divide en hombre y mujer, la pareja está formada por el hombre y la mujer, el perro y la perra, el koala y la koala, el ardillo y la ardilla, etc.- el humanoide medio ha reducido la inmensa pluralidad de personalidades existentes a dos órganos -el pito y la parrusca- a los que ha coronado con una única teoría de la existencia según la cual todo surge de la unión del pito y la parrusca, todo gira alrededor de estos dos elementos y entre ellos existe un amplio campo magnético por el que todo individuo venido al mundo ha de elegir en que "acera" prefiere pasear: en la de los oscilantes pitos, o en la de las introvertidas parruscas.
De ahí que, aunque años hayan pasado desde la explosión de las teorías sexuales que defienden la existencia (y esto a algunos les parecerá una payasada, pero a estas alturas aún hay que defender la existencia) de seres que no se mueven en el campo magnético-gravitatorio descrito arriba, aunque algunos de esos movimientos se hayan hecho con ciertos resquicios de poder logrando introducir en su riguroso sistema jurídico ciertos elementos que denotan la existencia de esos seres y proclaman su derecho a existir, a ser respetados y a tener los mismos derechos que los demás; aunque ello haya sucedido, cada vez que se plantea la cuestión de la "pareja" el debate se crea alrededor de dos trincheras, la de los enhiestos pitos contra la de las succionadoras parruscas. Y quien no se incorpore a alguna de esas dos trincheras no existe: maricón el último.
De este modo, incluso los más progres que utilizaron la conquista de derechos de los marginados del campo gravitatorio para darle un coscorrón a l@s malign@s conservadore/as, católic@s y demás cegat@s, se unen tranquilamente a uno de esos dos ejércitos y se enmierdan (enmerder) gustosamente en la "batalla de los sexos" sea cual sea el prisma -en el fondo siempre el mismo- utilizado para dar comienzo al enfrentamiento.
Y ello constituye un ejemplo vergonzante de la incapacidad del ser humano para aceptar como real lo que sus sentidos le indican que es real y su razón le exhorta a aceptar como real. Y así, a estas alturas de historia del ser humano sobre el depauperado planeta Tierra, uno puede encontrarse una tarde en una cadena pública de un país occidental y liberal-progresista -Catalunya- un debate en el que se plantean cuestiones de pareja, entendida esta en un sentido unívoco: hombre contra mujer. Por ello, a un lado de la mesa los hombres, al otro las mujeres y en medio un calvo. La eterna, insubstancial y poco razonable "batalla de sexos" vuelve una y otra vez y nadie tiene la suficiente lucidez como para acepar que carece de sentido, está desfasado, y lo más importante: igual que no se puede follar siendo cura, no se puede participar en estos debates siendo progre.
Habría que analizar la influencia que en la recomposición de esta "batalla" están teniendo las teorías y actitudes de ciertos grupos feministas según los cuales el mundo se divide en hombres heteros malos por naturaleza que pretenden dominar a las mujeres heteros buenas por naturaleza. Según estas teorías sólo hay una forma de ser hombre -ser machista- y una de ser mujer -comulgar con sus ideas, porque si no lo haces, entonces sacan a relucir su maravilloso invento de los roles, por el que una mujer que no comparte sus ideas no es más que una mujer machunizada que juega un rol masculino-. !Fantástico! Margaret Tatcher no es de mis políticas favoritas, pero pensar que jugó un rol masculino y no que fue una irreductible liberal que defendió con ahínco sus ideas incluso cuando estas iban en contra de los intereses de su partido me parece de una estulticia sublime. Porque, ¿acaso las mujeres no pueden ser liberales, conservadoras, etc., sin dejar de ser mujeres? ¿Acaso toda mujer que plantea o defiende postulados no feministas es una jugadora de "rol masculino"? ¿No les parece absolutamente anticientífico, antihistórico y antisocial plantear la cuestión del "rol masculino" para desacreditar a todas aquellas mujeres que -siendo incluso defensoras de los derechos de la mujer- no consideran que el papel que deban jugar en la sociedad sea el de crear una nación femenina homogénea y estática como contrapunto al exceso de pitos que coronan los centros de poder mundial? Y las partidarias de este discurso, centrado en la teoría de que el machismo es sólo una forma de dominación sobre la mujer, olvidan que entre las víctimas del machismo están todos los hombre que no militan en el ejército de los heterosexuales, perseguidos con igual o mayor saña que las mujeres por el simple hecho de no ser lo qure otros quisieran que fuesen.
Entre los machistas, los progres y las femi-estupidistas, el ser humano no hace más que retroceder con orgullo hacia la caverna. Pero no pasa nada, malo será que Ikea no lance una línea de muebles cavernícolas con los que decorar la morada de la estulticia a gusto del mono consumidor de turno.
miércoles, 9 de febrero de 2011
CGAC
CGAC significa Centro Galego de Arte Contemporáneo (para los españoles de bien: Centro Gallego de Arte Contemporáneo). Pero en realidad, es como el PSOE: las siglas significan Partido Socialista Obrero Español, pero de las cuatro palabras sólo hace honor a dos: Partido _ _ Español. Lo de Socialista y Obrero es algo que, con el tiempo, y después de aquel momentazo Madonna de Felipe González ("O el marxismo o YO"), se ha perdido. Pues bien, en el caso del CGAC sólo respeta de su nombre las dos primeras palabras: Centro Gallego. Y casi, porque siendo un edificio de Álvaro Siza, podemos encuadrarlo, debido a sus características estéticas y a su falta de funcionalidad, en el grupo de las cagarruñas de perro que con el paso del tiempo se vuelven blancas. Lo de "Arte" y "Contemporáneo" es algo que no tiene cabida en dicho edificio/cagarruño.
A estas alturas de siglo hemos pasado del arte vanguardista (y dada) a que cualquier mierda (carente de valor estético, del romanticismo de la elaboración manual del artista o del valor conceptual del objeto) a ver en los museos raros artificios que por el simple hecho de estar expuestos en un museo son arte. Y llegamos a un punto en el que cualquier objeto se convierte en arte por el simple hecho de que unos mongoloides con ínfulas intelectuales construyen alrededor de ese objeto un discurso pseudointelectual en el que inseminan conceptos presentes en la historia del arte (y por lo tanto conocidos por el público) con nuevos elementos pseudoinnovadores que pretenden hacer creer al público que lo que se le muestra es nuevo. Por mucho que lo hayan intentado, nadie ha superado hasta ahora la radicalidad del arte de vanguardia, intentar a estas alturas superar en radicalidad a esa etapa de la historia del arte presentando cualquier objeto en cualquier situación y agregándole cualquier discurso estético ya deglutido no sólo no tiene sentido, sino que es una falta de respeto al público de tamaño catedralicio.
Pongamos un ejemplo. Uno entra un sábado por la tarde en el CGAC y se encuentra con esto:
Esto es una mesa en la que hay unos cuadernos en los que el público tiene que realizar un ejercicio de escritura automática (¿les sueña lo de la escritura automática?). ¿Dónde está el arte y la contemporaneidad? ¿Donde lo innovador? ¿Donde el nuevo mensaje? Les respondo: NO ESTÁ; NO ESTÁ.
¿Cuál es la intervención de la artista? ¿Situar un par de muebles y unos cuadernos en un espacio museístico? Guau, acojonante, nunca jamás habría pensado que alguien elaborase tan compleja pieza de arte, tan excelente torpedo intelectual. Mis neuronas se agolpan histéricas intentando superar el estupor. He de reconocer que me senté y escribí lo que opinaba de la obra. Dejé constancia de mi indignación por ser yo, el público, el que tuviese que elaborar el contenido de la pieza (la escritura) y no la artista y ocupé la mayor parte de las páginas del pequeño cuaderno con una palabra: farsante.
Pero no piensen que me dedico a convertir en norma una excepción. Hay más ejemplos:
Sí amigos míos! Esto es una fila de tornillos de diversos tamaños sobre un pedazo de madera. No tuve el valor de comprobar si estaban pegados al tablón o se sostenían sobre la base o cabeza. Si lo primero, menuda mierda, si lo segundo, coño, por lo menos algo de arte tiene: hay que tener una pacencia y una voluntad hercúlea para tirarse horas haciendo una línea de tornillos que se pueden caer con un estornudo. Pero sospecho que estaban pegados.
Pero sigamos disfrutando del espectáculo:
Sí, son huevos. En medio de la sala, un plato con un huevo.
Cagarrutas.
Y llegamos al colmo de la desvergüenza:
Si nada de lo que han visto en las fotografías les produce nada, les transmiste nada, nada significa para ustedes, para nada les sirve: ¿por qué lo consideran arte?
A estas alturas de siglo hemos pasado del arte vanguardista (y dada) a que cualquier mierda (carente de valor estético, del romanticismo de la elaboración manual del artista o del valor conceptual del objeto) a ver en los museos raros artificios que por el simple hecho de estar expuestos en un museo son arte. Y llegamos a un punto en el que cualquier objeto se convierte en arte por el simple hecho de que unos mongoloides con ínfulas intelectuales construyen alrededor de ese objeto un discurso pseudointelectual en el que inseminan conceptos presentes en la historia del arte (y por lo tanto conocidos por el público) con nuevos elementos pseudoinnovadores que pretenden hacer creer al público que lo que se le muestra es nuevo. Por mucho que lo hayan intentado, nadie ha superado hasta ahora la radicalidad del arte de vanguardia, intentar a estas alturas superar en radicalidad a esa etapa de la historia del arte presentando cualquier objeto en cualquier situación y agregándole cualquier discurso estético ya deglutido no sólo no tiene sentido, sino que es una falta de respeto al público de tamaño catedralicio.
Pongamos un ejemplo. Uno entra un sábado por la tarde en el CGAC y se encuentra con esto:
Esto es una mesa en la que hay unos cuadernos en los que el público tiene que realizar un ejercicio de escritura automática (¿les sueña lo de la escritura automática?). ¿Dónde está el arte y la contemporaneidad? ¿Donde lo innovador? ¿Donde el nuevo mensaje? Les respondo: NO ESTÁ; NO ESTÁ.
¿Cuál es la intervención de la artista? ¿Situar un par de muebles y unos cuadernos en un espacio museístico? Guau, acojonante, nunca jamás habría pensado que alguien elaborase tan compleja pieza de arte, tan excelente torpedo intelectual. Mis neuronas se agolpan histéricas intentando superar el estupor. He de reconocer que me senté y escribí lo que opinaba de la obra. Dejé constancia de mi indignación por ser yo, el público, el que tuviese que elaborar el contenido de la pieza (la escritura) y no la artista y ocupé la mayor parte de las páginas del pequeño cuaderno con una palabra: farsante.
Pero no piensen que me dedico a convertir en norma una excepción. Hay más ejemplos:
Sí amigos míos! Esto es una fila de tornillos de diversos tamaños sobre un pedazo de madera. No tuve el valor de comprobar si estaban pegados al tablón o se sostenían sobre la base o cabeza. Si lo primero, menuda mierda, si lo segundo, coño, por lo menos algo de arte tiene: hay que tener una pacencia y una voluntad hercúlea para tirarse horas haciendo una línea de tornillos que se pueden caer con un estornudo. Pero sospecho que estaban pegados.
Pero sigamos disfrutando del espectáculo:
Sí, son huevos. En medio de la sala, un plato con un huevo.
Cagarrutas.
Y llegamos al colmo de la desvergüenza:
Si nada de lo que han visto en las fotografías les produce nada, les transmiste nada, nada significa para ustedes, para nada les sirve: ¿por qué lo consideran arte?
jueves, 13 de enero de 2011
Frozen cocaine
Yo antes metía coca, y no una cualquiera. Era de buena calidad. Cuando me encontraba con Fredo en la esquina de Cantón de San Bieto, bajo lo que queda de casa de Manuel Murguía, justo al lado del Avante, el fulgor blanquecino despertaba en mi cerebro el recuerdo del último tiro y, con artimañas teatrales varias, acababa pagando los 60 por gramo que estipulaba el libre mercado y metiéndome en el pub nacionalista a empezar la noche introduciendo la polvareda blancuzca -"blanco seme", que diría Ferrín-, por la napia que al mismo tiempo, y sin que uno y otro acto se interrumpiesen, sorbía los efluvios orinales que subían del retrete, dándole al esnife un tono crepuscular más propio de los fumaderos de opio frecuentados por Dorian Gray que de un bareto comprometido con el futuro de una revolución nacional que, con el paso del tiempo, se filtra y desaparece ahogada en la conciencia social como la escarcha entre las arenas del desierto.
Pero lo mío no era un vicio nocturno. Empezó como una necesidad. Harto de estudiar periodismo en una Facultad de Ciencias de la Comunicación de Santiago en la que los profesores pasaban las clases teóricas leyendo sus folios sin levantar la vista y las prácticas rascándose los cojones en la cafetería o inventándose quehaceres absurdos para justificar su abultado sueldo, surgió la oportunidad de empezar a trabajar. Nada importante, ni tan siquiera legal, sin contrato ni nada, vamos: repartir folletos de una clínica dental de 10 a 2 de la tarde. 30 euros al día, cinco días a la semana, 150 limpios todos los viernes, sin retrasos en el pago, sin papeleo con hacienda.
Lo único malo del trabajo era su horario. Despertar por las mañanas es algo que desde adolescente me cuesta un riñón y parte del otro. Mis hábitos en lo que al sueño respecta son confusos, desordenados y poco productivos. No suelo dormir por las noches, Morfeo me hunde en la más soporífera modorra después de comer y me induce al sueño durante las tardes. Cuando despierto es de noche y, además de leer, ver películas y pasear por el casco viejo en penumbra, nada hago de provecho.
Por ello, empecé a tomarme un café sólo con hielo antes de pasarme a recoger el carrito con los folletos de la clínica. Pero pasarse tres horas andando y con los nervios a punto de salirse por los poros de la piel - es un trabajo simple, meter folletos en un buzón, pero lo dificultoso estriba en llegar al buzón: una masa informe de voces repugnantes y chillonas a través del telefonillo, señoras de la limpieza mefistofélicas y los poco frecuentes pero implacables porteros de edificio convertían las calles de Compostela en un campo minado de insultos, portazos y huídas vergozantes por miedo a recibir un escobazo- destroza a cualquiera. Y el café no bastaba.
Cristo resucitó al tercer día. Yo, a la tercera jornada, caí en un cansancio plagado de agujetas que, servido en el mismo plato que las dificultades para dormir, me llevó a pasar horas tirado sobre el colchón con los ojos enrojecidos del somnoliento y los dolores de músculo del atleta después de los 300 metros vallas.
Y surgió la coca. "Sí, tendré más problemas para dormir, pero estaré más activo, no perderé tantas tardes durmiendo, podré trabajar con eficacia y si todo va bien, salir de la Tita a las 9, pasarme por cualquier bar a desayunar e irme a trabajar plenamente capacitado para realizar estoicamente y con precisión los ejercicios de estrategia publicitaria necesarios para entrar en un edificio y salir vivo de él sin que nadie te haya visto", pensé.
Me convencí definitivamente de la necesidad de consumirla cuando una mañana, nuestro jefe, un yonqui del buzoneo publicitario que dirigía el reparto señalando sobre un mapa las zonas a cubrir como si de un general explicando a sus aviadores los edificios a desplomar se tratase, decidió que debíamos dar un paso más allá: no bastaba con meter los folletos en el buzón, había que llevarlos más cerca de la gente, y, ¿qué mejor forma de hacerlo que diseñando unos folletos con forma de colgador para despositar en los pomos de las puertas?
Esto supuso un aumento del esfuerzo físico -bajar una media de 10 pisos por las escaleras después de haber puesto con extremado sigilo el colgador en el pomo de todas y cada una de las puertas de todos y cada uno de los edificios de las calles señaladas por el dedo militar del jefe era agotador, y más cuando no había ascensor y tenías que subir andando, entonces, acababas por salir del edificio con las rodillas temblando por el esfuerzo de doblarse en cada peldaño y desplomándote unas cuantas veces en el suelo, como un muñeco al que sin aviso previo le han secuestrado al ventrílocuo, por el dolor de articulaciones- y triplicar la tensión nerviosa: la gente, saturada de programas de sucesos en los que desconocidos violan y despedazan a viejas en sus casas después de haber llamado al timbre para venderles una enciclopedia, ha desarrollado un extremadamente agudo sentido del oído, de tal forma que, cuando el folleto en forma de colgador rozaba el pomo de metal, originaba un breve sonido metálico acompañadao por un seco golpe -producto de dejar caer el folleto sobre el pomo balanceándose como el péndulo de un reloj de pared- y entonces, las voces surgían detrás de la puerta preguntando ¡¿Quién es?! ¡¿Quién anda ahí?! Una sacudida eléctrica me recorría el cuerpo y mi cerebro ordenaba a las piernas ponerse en movimiento y bajar las escaleras a toda velocidad, esconderse en el ascensor y esperar unos instantes, para que todo se calmase de nuevo y seguir colgando folletos.
Así, me dedicí a desayunar una nutritiva raya de cocaína todas las mañanas, una hora antes de entrar a trabajar, para que, pasados los primeros momentos de euforia, pudiera estar delante del jefe y recoger los folletos sin que sospechase nada. Curiosamente, éramos los empleados los que sospechábamos que la animosidad del jefe en sus explicaciones y su empeño en convertir el reparto publicitario en una invasión militar organizada al milímetro era fruto inequívoco de meterse algo más duro que la coca al empezar sus jornadas laborales.
Desarrollé una gran capacidad de aguante físico y mental, el subidón inicial iba dejando paso, a lo largo de las tres horas de trabajo, a una calmada agudeza de los sentidos que te hacía prever que alguien subiría en el ascensor, que alguien te expiaba por la mirilla o que alguna anciana repelente estaba a punto de abrir la puerta en la que estabas colgando el folleto para bajar a buscar el pan. Así, mi eficacia laboral se triplicó y me convertí en el mejor de los repartidores del equipo. Y si había algún problema, la coca me sacaba de mi tradicional mutismo y me impelía a defenderme verbal y físicamente de las molestias que me causaban.
Todavía recuerdo una mañana en la que, repartiendo por la calle del Hórreo, llamé al octavo A del número 96 y un despreciable anciano responidó a mi educada petición de que me abriese el portal insultándome, a lo que yo, pensando que ya había abandonado el telefonillo contesté "joder, menudo maleducado" y continué en el siguiente edificio. Cuando estaba a punto de entrar en él, un señor vestido de traje me preguntó: "¿oiga, eres tú el que me llamó maleducado?" a lo que contesté, craso error, afirmativamente. Habiendo cogido a su presa, el arrugado muchacho peleón soltó toda clase de improperios que escuhé con calma hasta que pronunció la frase prohibida: "Tú lo que eres es un mierda que trabajas en esto porque no vales para otra cosa, lo que eres es un subnormal".
Cuando nací, un médico, ante la preocupación de mi madre por las extrañas formas de mi cabeza, le dijo a la pobre recién parida que en realidad yo era un niño subnormaloide que con el paso del tiempo se quedaría ciego, sordo, y probablemente moriría en pocos años. Desde entonces, la palabra subnormal provoca en mí un estallido de cólera irrefrenable y si además alguien insinúa que mi valía personal se circunscribe únicamente a repartir folletos -cosa de la que me siento orgulloso, pero no es lo único que sé hacer ni lo que aspiro a realizar durante el curso de mi vida- entonces, la palabra subnormal se cruza con la palabra incompetente y la lío.
Raudo y veloz, como un Taras Bulba en pleno ataque, lo cogí de las solapas y me puse a gritarle a dos centímetros de su cara mientras lo movía hacia adelante y hacia atrás como si fuese un pelele. Después de soltarlo se dió la vuelta y se dirigió hacia su edificio, y cuando estaba a punto de entrar, se dió la vuelta y volvió a llamarme subnormal. Solté la carpeta con los folios en los que cada repartidor anota el número de edificio y de buzones mancillados, pegué una patada al carrito, que vomitó todo su contenido por la calle, justo delante de la entrada del Parlamento, cubriendo la mitad del asfalto con una bonita alfombra de ofertas de limpieza bucal, y me lancé a por el viejo con el puño en ristre. La policía que custodia el Hórreo se acercó al portal, un grupo de señoras que volvían de la compra me rodeó, apartó al anciano, que volvió a su morada, y las amables ancianas me calmaron ofreciéndome amablemente abrirme todos los portales de sus edificios y respetar mi trabajo. Si no fuera por ellas, habría tirado al anciano al suelo y luego habría lanzado mis 75 quilos sobre sus huesos con las rodillas como punta de lanza y los codos como armas supletorias con las que destrozarle las costillas y hundirle el diafragma hasta que rozase la columna vertebral.
Por lo demás, todo marchaba y el negocio se extendió a otras ciudades: mi amada Rianxo, de la que durante mucho tiempo me encargué yo sólo del reparto, y Boiro, una pequeá villa costera que siendo horiblemente fea en lo que a la zona "urbana" se refiere era maravilosa por sus playas vacías, llenas sólo con la presencia silenciosa, calmada y laboriosa de las mariscadoras que, con los riñones doblados sobre la superficie del agua, cultivaban sus tesoros y limpiaban de algas el horizonte. Muchas veces, en los días cercanos al verano en los que el calor apretaba, ajustaba mi recorrido de tal forma que tuviese que pasar necesariamente por las playas y, toamndome media hora de descanso, me desnudaba y me zambullía entre las horas durante unos minutos de extrema paz en las que Poseidón devolvía a mis músculos al estado de calma con el suave y periódico toqueteo de las olas sobre mi espalda y mis sudadas piernas. Era la manera más rápida de desconectar durante unos minutos y volver a la faena para la que quedaban sólo un par de aceras de casas bajas y luego, volver a Santiago en coche ya perfectamente descansado, palneando durante el viaje los divertimentos de las tarde.
Todo esto acabó por la estulticia de una masa de gentiles que, considerando el reparto de folletos la más grave violación de sus derechos, en lugar de ocupar su tiempo en protestar por cuestiones más graves -la subida del IPC, los inicios de la crisis, las malas condiciones laborales del común trabajador, el estado calamitoso de las calles de Santiago, operadas a última hora a asfalto abierto a penas a unos meses del Xacobeo- se dedicó a saturar las líneas telefónicas de la clínica para la que trabajábamos con protestas. El jefe, aceptando que aquello era su Vietnam, mandó enfudar los sables, y volvimos a la vida civil, sin dinero, y sin ganas de volver a pisar la facultad.
Pedí prácticas en la Xunta y me pasé tres meses sentado delante de un ordenador esperando a que alguna nota llegase para colgarla en la web. Tres meses de tedio agudizado por la estupidez de la mayor parte de los que me rodeaban y agravado por el hecho de que el sueldo, 500 euros mensuales, no llegaría hasta acabado el suplicio, porque la USC había decidido, sin dar explicación alguna, retener los salarios de los becarios destinados en la administración autonómica. Ahora hago prácticas en el gabinete de comunicación de un ayuntamiento pequeño pero con pretensiones situado cerca de Santiago. Me pagan 180 euros mensuales a partir del día 15 de cada mes y me aburro, aunque quizá no tanto, como lo hacía en la Xunta.
He tenido que dejar la coca, el dinero no me llega, y la coca no alimenta ni paga el alquiler. Pero no puedo dejar de pensar en ella y hasta hace poco pasaba las noches discurriendo una forma de realizar algún acto con un cierto aire de religiosidad y al mismo tiempo mecánico y con tintes de suciedad que provocase en mi cerebro, a través de la memoria, las mismas sensaciones que sentía después de esnifar.
Y la encontré. Una noche lluviosa de tantas en las que Morfeo no hacía acto de presencia y el apartamento estaba lleno de mierda por desidia, decidí ponerme a limpiar y me topé con el congelador cargado de hielo, o nieve, tan blanca y refulgente como la coca, pero producida por obra y gracia de una simple nevera. Y gratis.
Os parecerá una locura. A mí, en un primer momento me entró la risa y me costó bastante contenerme, pero pasadas las carcajadas, cogí un cuchillo, raspé un poco de "nieve" que recogí en un plato sopero, me senté en la mesa, y con todo el material quirúrgico necesario - algo con un fondo negro, como la carpeta que utilizaba para llevar los apuntes a la facultad; una tarjeta de crédito o similar, en mi caso, una del Vitrasa; y un billete bien enrrolladito- y comencé la operación "Frozen coca".
Fué como si un hacha con filamento de hielo se me clavase en las fosas nasales y los pulmones, como si un diminuto hombre de hielo se lanzara a la conquista de los bronquios y mi cerebro, que vió que mi cuerpo realizaba un acto similar al realizado muchas mañanas pero con otro producto que no quiso identificar -porque yo se lo impedí, si lo hubiera hecho no habría logrado la reconquista del placer- produjo lo que esperaba: la teatralización neuronal de un subidón, pieza dramática tan bien interpretada que a día de hoy, me mantengo como en los buenos tiempos: despierto, lúcido, hipersensitivo y con mucho mejor humor.
Todas las mañanas, antes de coger el interurbano que me lleva al trabajo, me meto un poco de escarcha por la nariz y simulo, durante el resto del día, haber consumido nada más levantarme una buena porción de polvo colombiano, y así, la vida vuleve a ser de un blanco semen excitante.
Pero lo mío no era un vicio nocturno. Empezó como una necesidad. Harto de estudiar periodismo en una Facultad de Ciencias de la Comunicación de Santiago en la que los profesores pasaban las clases teóricas leyendo sus folios sin levantar la vista y las prácticas rascándose los cojones en la cafetería o inventándose quehaceres absurdos para justificar su abultado sueldo, surgió la oportunidad de empezar a trabajar. Nada importante, ni tan siquiera legal, sin contrato ni nada, vamos: repartir folletos de una clínica dental de 10 a 2 de la tarde. 30 euros al día, cinco días a la semana, 150 limpios todos los viernes, sin retrasos en el pago, sin papeleo con hacienda.
Lo único malo del trabajo era su horario. Despertar por las mañanas es algo que desde adolescente me cuesta un riñón y parte del otro. Mis hábitos en lo que al sueño respecta son confusos, desordenados y poco productivos. No suelo dormir por las noches, Morfeo me hunde en la más soporífera modorra después de comer y me induce al sueño durante las tardes. Cuando despierto es de noche y, además de leer, ver películas y pasear por el casco viejo en penumbra, nada hago de provecho.
Por ello, empecé a tomarme un café sólo con hielo antes de pasarme a recoger el carrito con los folletos de la clínica. Pero pasarse tres horas andando y con los nervios a punto de salirse por los poros de la piel - es un trabajo simple, meter folletos en un buzón, pero lo dificultoso estriba en llegar al buzón: una masa informe de voces repugnantes y chillonas a través del telefonillo, señoras de la limpieza mefistofélicas y los poco frecuentes pero implacables porteros de edificio convertían las calles de Compostela en un campo minado de insultos, portazos y huídas vergozantes por miedo a recibir un escobazo- destroza a cualquiera. Y el café no bastaba.
Giovanni Bellini- La resurrección de Cristo, 1479.
Cristo resucitó al tercer día. Yo, a la tercera jornada, caí en un cansancio plagado de agujetas que, servido en el mismo plato que las dificultades para dormir, me llevó a pasar horas tirado sobre el colchón con los ojos enrojecidos del somnoliento y los dolores de músculo del atleta después de los 300 metros vallas.
Y surgió la coca. "Sí, tendré más problemas para dormir, pero estaré más activo, no perderé tantas tardes durmiendo, podré trabajar con eficacia y si todo va bien, salir de la Tita a las 9, pasarme por cualquier bar a desayunar e irme a trabajar plenamente capacitado para realizar estoicamente y con precisión los ejercicios de estrategia publicitaria necesarios para entrar en un edificio y salir vivo de él sin que nadie te haya visto", pensé.
Me convencí definitivamente de la necesidad de consumirla cuando una mañana, nuestro jefe, un yonqui del buzoneo publicitario que dirigía el reparto señalando sobre un mapa las zonas a cubrir como si de un general explicando a sus aviadores los edificios a desplomar se tratase, decidió que debíamos dar un paso más allá: no bastaba con meter los folletos en el buzón, había que llevarlos más cerca de la gente, y, ¿qué mejor forma de hacerlo que diseñando unos folletos con forma de colgador para despositar en los pomos de las puertas?
Esto supuso un aumento del esfuerzo físico -bajar una media de 10 pisos por las escaleras después de haber puesto con extremado sigilo el colgador en el pomo de todas y cada una de las puertas de todos y cada uno de los edificios de las calles señaladas por el dedo militar del jefe era agotador, y más cuando no había ascensor y tenías que subir andando, entonces, acababas por salir del edificio con las rodillas temblando por el esfuerzo de doblarse en cada peldaño y desplomándote unas cuantas veces en el suelo, como un muñeco al que sin aviso previo le han secuestrado al ventrílocuo, por el dolor de articulaciones- y triplicar la tensión nerviosa: la gente, saturada de programas de sucesos en los que desconocidos violan y despedazan a viejas en sus casas después de haber llamado al timbre para venderles una enciclopedia, ha desarrollado un extremadamente agudo sentido del oído, de tal forma que, cuando el folleto en forma de colgador rozaba el pomo de metal, originaba un breve sonido metálico acompañadao por un seco golpe -producto de dejar caer el folleto sobre el pomo balanceándose como el péndulo de un reloj de pared- y entonces, las voces surgían detrás de la puerta preguntando ¡¿Quién es?! ¡¿Quién anda ahí?! Una sacudida eléctrica me recorría el cuerpo y mi cerebro ordenaba a las piernas ponerse en movimiento y bajar las escaleras a toda velocidad, esconderse en el ascensor y esperar unos instantes, para que todo se calmase de nuevo y seguir colgando folletos.
Así, me dedicí a desayunar una nutritiva raya de cocaína todas las mañanas, una hora antes de entrar a trabajar, para que, pasados los primeros momentos de euforia, pudiera estar delante del jefe y recoger los folletos sin que sospechase nada. Curiosamente, éramos los empleados los que sospechábamos que la animosidad del jefe en sus explicaciones y su empeño en convertir el reparto publicitario en una invasión militar organizada al milímetro era fruto inequívoco de meterse algo más duro que la coca al empezar sus jornadas laborales.
Desarrollé una gran capacidad de aguante físico y mental, el subidón inicial iba dejando paso, a lo largo de las tres horas de trabajo, a una calmada agudeza de los sentidos que te hacía prever que alguien subiría en el ascensor, que alguien te expiaba por la mirilla o que alguna anciana repelente estaba a punto de abrir la puerta en la que estabas colgando el folleto para bajar a buscar el pan. Así, mi eficacia laboral se triplicó y me convertí en el mejor de los repartidores del equipo. Y si había algún problema, la coca me sacaba de mi tradicional mutismo y me impelía a defenderme verbal y físicamente de las molestias que me causaban.
Todavía recuerdo una mañana en la que, repartiendo por la calle del Hórreo, llamé al octavo A del número 96 y un despreciable anciano responidó a mi educada petición de que me abriese el portal insultándome, a lo que yo, pensando que ya había abandonado el telefonillo contesté "joder, menudo maleducado" y continué en el siguiente edificio. Cuando estaba a punto de entrar en él, un señor vestido de traje me preguntó: "¿oiga, eres tú el que me llamó maleducado?" a lo que contesté, craso error, afirmativamente. Habiendo cogido a su presa, el arrugado muchacho peleón soltó toda clase de improperios que escuhé con calma hasta que pronunció la frase prohibida: "Tú lo que eres es un mierda que trabajas en esto porque no vales para otra cosa, lo que eres es un subnormal".
Cuando nací, un médico, ante la preocupación de mi madre por las extrañas formas de mi cabeza, le dijo a la pobre recién parida que en realidad yo era un niño subnormaloide que con el paso del tiempo se quedaría ciego, sordo, y probablemente moriría en pocos años. Desde entonces, la palabra subnormal provoca en mí un estallido de cólera irrefrenable y si además alguien insinúa que mi valía personal se circunscribe únicamente a repartir folletos -cosa de la que me siento orgulloso, pero no es lo único que sé hacer ni lo que aspiro a realizar durante el curso de mi vida- entonces, la palabra subnormal se cruza con la palabra incompetente y la lío.
Raudo y veloz, como un Taras Bulba en pleno ataque, lo cogí de las solapas y me puse a gritarle a dos centímetros de su cara mientras lo movía hacia adelante y hacia atrás como si fuese un pelele. Después de soltarlo se dió la vuelta y se dirigió hacia su edificio, y cuando estaba a punto de entrar, se dió la vuelta y volvió a llamarme subnormal. Solté la carpeta con los folios en los que cada repartidor anota el número de edificio y de buzones mancillados, pegué una patada al carrito, que vomitó todo su contenido por la calle, justo delante de la entrada del Parlamento, cubriendo la mitad del asfalto con una bonita alfombra de ofertas de limpieza bucal, y me lancé a por el viejo con el puño en ristre. La policía que custodia el Hórreo se acercó al portal, un grupo de señoras que volvían de la compra me rodeó, apartó al anciano, que volvió a su morada, y las amables ancianas me calmaron ofreciéndome amablemente abrirme todos los portales de sus edificios y respetar mi trabajo. Si no fuera por ellas, habría tirado al anciano al suelo y luego habría lanzado mis 75 quilos sobre sus huesos con las rodillas como punta de lanza y los codos como armas supletorias con las que destrozarle las costillas y hundirle el diafragma hasta que rozase la columna vertebral.
Por lo demás, todo marchaba y el negocio se extendió a otras ciudades: mi amada Rianxo, de la que durante mucho tiempo me encargué yo sólo del reparto, y Boiro, una pequeá villa costera que siendo horiblemente fea en lo que a la zona "urbana" se refiere era maravilosa por sus playas vacías, llenas sólo con la presencia silenciosa, calmada y laboriosa de las mariscadoras que, con los riñones doblados sobre la superficie del agua, cultivaban sus tesoros y limpiaban de algas el horizonte. Muchas veces, en los días cercanos al verano en los que el calor apretaba, ajustaba mi recorrido de tal forma que tuviese que pasar necesariamente por las playas y, toamndome media hora de descanso, me desnudaba y me zambullía entre las horas durante unos minutos de extrema paz en las que Poseidón devolvía a mis músculos al estado de calma con el suave y periódico toqueteo de las olas sobre mi espalda y mis sudadas piernas. Era la manera más rápida de desconectar durante unos minutos y volver a la faena para la que quedaban sólo un par de aceras de casas bajas y luego, volver a Santiago en coche ya perfectamente descansado, palneando durante el viaje los divertimentos de las tarde.
Todo esto acabó por la estulticia de una masa de gentiles que, considerando el reparto de folletos la más grave violación de sus derechos, en lugar de ocupar su tiempo en protestar por cuestiones más graves -la subida del IPC, los inicios de la crisis, las malas condiciones laborales del común trabajador, el estado calamitoso de las calles de Santiago, operadas a última hora a asfalto abierto a penas a unos meses del Xacobeo- se dedicó a saturar las líneas telefónicas de la clínica para la que trabajábamos con protestas. El jefe, aceptando que aquello era su Vietnam, mandó enfudar los sables, y volvimos a la vida civil, sin dinero, y sin ganas de volver a pisar la facultad.
Pedí prácticas en la Xunta y me pasé tres meses sentado delante de un ordenador esperando a que alguna nota llegase para colgarla en la web. Tres meses de tedio agudizado por la estupidez de la mayor parte de los que me rodeaban y agravado por el hecho de que el sueldo, 500 euros mensuales, no llegaría hasta acabado el suplicio, porque la USC había decidido, sin dar explicación alguna, retener los salarios de los becarios destinados en la administración autonómica. Ahora hago prácticas en el gabinete de comunicación de un ayuntamiento pequeño pero con pretensiones situado cerca de Santiago. Me pagan 180 euros mensuales a partir del día 15 de cada mes y me aburro, aunque quizá no tanto, como lo hacía en la Xunta.
He tenido que dejar la coca, el dinero no me llega, y la coca no alimenta ni paga el alquiler. Pero no puedo dejar de pensar en ella y hasta hace poco pasaba las noches discurriendo una forma de realizar algún acto con un cierto aire de religiosidad y al mismo tiempo mecánico y con tintes de suciedad que provocase en mi cerebro, a través de la memoria, las mismas sensaciones que sentía después de esnifar.
Y la encontré. Una noche lluviosa de tantas en las que Morfeo no hacía acto de presencia y el apartamento estaba lleno de mierda por desidia, decidí ponerme a limpiar y me topé con el congelador cargado de hielo, o nieve, tan blanca y refulgente como la coca, pero producida por obra y gracia de una simple nevera. Y gratis.
Os parecerá una locura. A mí, en un primer momento me entró la risa y me costó bastante contenerme, pero pasadas las carcajadas, cogí un cuchillo, raspé un poco de "nieve" que recogí en un plato sopero, me senté en la mesa, y con todo el material quirúrgico necesario - algo con un fondo negro, como la carpeta que utilizaba para llevar los apuntes a la facultad; una tarjeta de crédito o similar, en mi caso, una del Vitrasa; y un billete bien enrrolladito- y comencé la operación "Frozen coca".
Fué como si un hacha con filamento de hielo se me clavase en las fosas nasales y los pulmones, como si un diminuto hombre de hielo se lanzara a la conquista de los bronquios y mi cerebro, que vió que mi cuerpo realizaba un acto similar al realizado muchas mañanas pero con otro producto que no quiso identificar -porque yo se lo impedí, si lo hubiera hecho no habría logrado la reconquista del placer- produjo lo que esperaba: la teatralización neuronal de un subidón, pieza dramática tan bien interpretada que a día de hoy, me mantengo como en los buenos tiempos: despierto, lúcido, hipersensitivo y con mucho mejor humor.
Todas las mañanas, antes de coger el interurbano que me lleva al trabajo, me meto un poco de escarcha por la nariz y simulo, durante el resto del día, haber consumido nada más levantarme una buena porción de polvo colombiano, y así, la vida vuleve a ser de un blanco semen excitante.
Tengo la convicción moral de que Tuco, esté donde esté, se siente orgulloso de mí como yo de sus enseñanzas.
¡Va por ti, Maestro!
martes, 11 de enero de 2011
Ingmar Bergman, “Eso de hacer películas”
“Haciendo caso omiso de mis propias creencias y dudas, que carecen de importancia en este sentido, opino que el arte perdió su impulso creador básico en el instante en que fue separado del culto religioso. Se cortó el cordón umbilical y ahora vive su propia vida estéril, procreando y prostituyéndose. En tiempos pasados el artista permanecía en la sombra, desconocido, y su obra era para gloria de Dios. Vivía y moría sin ser más o menos importante que otros artesanos; «valores eternos», «inmortalidad» y «obra maestra» eran términos inaplicables en su caso. La habilidad para crear era un don. En un mundo semejante florecían la seguridad invulnerable y la humildad natural.
Hoy el individuo se ha convertido en la forma más alta y en el veneno más grande de la creación artística. La más leve herida, o el dolor ocasionados al yo, son examinados bajo el microscopio como si fuera cosa de importancia eterna. El artista considera su aislamiento, su subjetividad, su individualismo como si fueran casi sagrados. Y así finalmente nos reunimos en un corral grande donde nos quedamos balando sobre nuestra propia soledad sin escucharnos los unos a los otros y sin advertir que nos estamos asfixiando unos a otros hasta matarnos. Los individualistas se miran fijamente a los ojos y sin embargo niegan la existencia unos de otros. Andamos en círculos tan limitados por nuestras propias ansiedades que no podemos ya distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre el capricho del gangster y el ideal más puro.
Por consiguiente, si me pregunta qué es lo que desearía que fuera el propósito general de mis películas, contestaría que quiero ser uno de los artistas en la catedral, en el gran llano. Deseo hacer una cabeza de dragón, un ángel, un demonio —o tal vez un santo— tallada en piedra, da lo mismo lo que sea; siento una gran satisfacción tanto en una como en otra cosa. Independientemente de si soy cristiano o pagano, trabajo en la edificación común de la catedral porque soy artista y artesano, y porque he aprendido a formar de la piedra caras, miembros y cuerpos. Nunca necesito inquietarme por el fallo contemporáneo o el criterio de la posteridad; consisto de un nombre y apellido, que no están grabados en ningún lugar y que desaparecerán cuando yo mismo desaparezca. Pero una pequeña parte mía va a sobrevivir en la integridad triunfante, anónima. Un dragón o un demonio, tal vez un santo, no importa qué.”
Declaraciones de Ingmar Bergman, recogidas en “Eso de hacer películas”,
Film Ideal, núm. 68, Madrid, 1961
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