domingo, 24 de enero de 2010

En Compostela estamos moitos xa para sempre derrotados


"Y comprobaba que la vida madrileña estaba hecha de compadreo y comida de compinches, de llamada telefónica y caja de puros compartida. Comprendía que el régimen político había generado una burocracia literaria, periodística, vagamente ideológica, que se movía entre la oportunidad y el halago, entre el negociete y el apaño."
La noche en que llegué al Café Gijón
Francisco Umbral

Porque a xurria segue fluíndo pola cloaca compostelana.

miércoles, 13 de enero de 2010

Freeze Frame


Un hombre inocente es acusado del asesinato de una familia. En un exceso de "profesionalidad" de la policía, le tienden una trampa con la que intentan obtener la prueba definitiva de su culpabilidad. Por ello, dicha prueba fabricada por las "fuerzas del orden" y el conjunto de la investigación es anulada y el juicio suspendido. No hay pruebas para declararle culpable, el caso no se cierra, pero los investigadores aducen que a pesar de todo, él es el culpable, que seguirá matando y que en algún momento lo cogerán con las manos en las vísceras.

Han pasado 10 años y se nos muestran las consecuencias que los ataques de la jauría policial-mediática tuvieron sobre el inocente: se ha vuelto paranoico: con el fin de demostrar en todo momento dónde y con quién está, se graba constantemente. El edificio en el que vive está repleto de cámaras y cuando sale a la calle lo hace con un extraño artilugio que le cuelga del pecho y sobre el que sitúa la cámara, que le enfoca en todo momento la cara. Si hace algún viaje. contrata a una persona para que lo siga allá donde vaya y lo filme.

Pretensión: tener una prueba documental de toda su vida que pueda exonerarle de futuras falsas acusaciones.

Problema: la policía (los mismos corruptos que falsificaron pruebas) vuelve a la carga acusándole, esta vez, del asesinato de una supuesta prostituta. Cuando intenta echar mano de su videoteca para demostrar que el día del asesinato estaba en otra ciudad, descubre que alguien ha robado las tres cintas que demostrarían su inocencia.

Paradojas:
1- Hace unos días la prensa publicaba una noticia que pasó como si fuese algo absolutamente normal: Un viajero tomó un avión en una república centroeuropea (no diré ni su nombre, ni de que país salió, porque entonces descubriré a las fuerzas "de seguridad" del mismo, y como esto es internet, es probable que algún juez hijo de la gran puta-fascista-tragabostas* me condene a unos cuantos años de prisión o a no comer queso en los próximos seis años por este gravísimo delito) y viajó a la Gran Patraña con un explosivo que los servicios secretos del susodicho estado colocaron en su equipaje. El viajero tomó el avión, llegó a su casa y unas semanas después tuvo que vérselas con la policía. Lo más simpático de todo es que los de la secreta (esos señores superinteligentes que, tal como nos enseña el cine, son siempre hiperelegantes e intelectualmente superdotados) tardaron varios días en avisar a las autoridades Patráñicas de que un individuo había llegado al país con un bagaje explosivo y de que se trataba de una simple prueba de seguridad para ver si era posible colársela a la patria de Sherlock Holmes.

No quisiera insinuar nada, pero entre esto y Teniente Corrupto, empiezo a sospechar que las fuerzas de seguridad son un peligro para nuestra seguridad. A los primeros que habría que desnudar en esa fotocopiadora gigante que pretenden poner en los aeropuertos es a los de la secreta de ese país de centroeuropa. Más que nada para averiguar, sin que tengamos que realizar una intervención invasiva, si los susodichos tienen cerebro o comen shit.

2- En el filme* aparece la siniestra figura del criminólogo mediático que vive de causar angustia a los ciudadanos a través de los medios y de vez en cuando, en un alarde de capacidad neuronal, incluso puede que llegue a escribir un libro. Figura que ha triunfado en el panorama mediático Hespanhol y que ha pasado a convertirse en el NewInquisitor: el sabelotodo que desde los programas matinales de AnasRosas y RosasAnas nos advierte de los peligros del último violador de moda e intenta convencernos para que vayamos a las puertas de su casa a lincharlo. No digo nombres*, simplemente digo que me parecen repulsivos.

3- En algunos foros de supuestos cinéfilos le han puesto una nota de 6,5. Yo le pondría un 8.




*De la unión del verbo Tragar y del sustantivo Bostas.
Bosta: Vocablo galego. Dícese del producto físico excretado por un ser vivo como producto resultante de la correcta digestión de alimentos. Para los bilingües: shit. En caso de cagarría, consulte con su farmacéutico.

*Término utilizado por los lectores de Cahiers du Cinema para demostrar su sapiencia y que denomina al bello arte de crear relatos mediante la composición visual en movimiento. Llamado por los vulgares palomiteros peli. Para los bilingües: film.

*Paco Pérez Abellán, por ejemplo.


[Frame es un término inglés que se lee freim. Lo digo por si alguien tiene la tentación de pensar que es un vocablo de esa lengua estúpida que no vale para nada y me pide que se lo traduzca a su lengua superior.]

lunes, 17 de agosto de 2009

Y entonces me llamarán asesino

La ira es como la varicela: uno debe pasarla en el momento oportuno para que, aún sufriendo la enfermedad, sus consecuencias sean casi banales. La varicela es a los 8 una semana de cama e incomunicación; a los 40, una peligrosa incidencia. Así es la ira, se acumula, más aún en quien del pasado recuerda los golpes y del presente no espera más que patadas.

Llevo 22 años sobre la Tierra, en ninguno de ellos he vejado, martirizado, señalado o humillado a nadie. Al menos no de forma consciente y voluntaria -aunque quizá sea la "inconsciencia" la cueva en la que se esconden todos los criminales-.

Y sin embargo, en 22 años no ha habido otra constante que las miradas bobaliconas de los que creen constituir parte de una especie superior a la mía por tener un físico “correcto”. Dedos señalando al niño que sale a pasear con sus padres, comentarios jocosos sobre el joven que busca en una librería del centro de Vigo las páginas escritas por algún individuo capaz de transmitirle algo que no le transmite la sociedad –no siendo el asco, claro, con el que no puede dejar de ver a la gente, no digamos, al imbécil que cree encontrar en mí al cachorro cojo al que patear por divertimento; al sintecho al que quemar mientras se cobija en un cajero por placer-.

Ya han pasado 22 años y nada ha cambiado, siguen cayendo las mismas hostias, y nadie tiene ni la más mínima compasión.

La última vez que viajé a Vigo, en el tren, decidí sentarme en el espacio que hay entre los compartimentos de asientos, en las escaleras por las que se sube al vagón. Durante la media hora final del trayecto tuve que soportar los paseos de un grupito de skaters adolescentes que, levantádose cada cierto tiempo de sus asientos, pasaban por delante de mí en pequeños grupitos para mirarme, contener la risa, y, habiendo llegado al siguiente compartimento, estallar en carcajadas. Al llegar a la estación esperaron a que me bajara y, yendo unos metros por delante, me dedicaron sus más sarcásticas dentaduras. Aceleré el paso, me acerqué a ellos, se sorprendieron, atravesé al grupo y me fui: a veces logro contener la ira.

Vengo del cine. He visto Enemigo Público, película en la que se convierte en héroe a John Dillinger, un tipo que no aportó nada al conocimiento humano que no fuese cómo atracar un banco -aunque, tal y cómo está la cosa, no es descarto que tengamos que usar esa información para sobrevivir en un futuro próximo- . El filme, con altas dosis de la mierda pseudoromántica que nos acecha – ya no sólo por la relación amorosa entre el príncipe Dillinger y la Cenicienta guardarropas; también por el tono épico con el que se describen los atracos e huídas-, les encantó: han visto en Dillinger a un héroe. Entre los últimos golpes que, tal como se relata en la película, pretendía dar antes de retirarse, estaba el asalto a un tren que portaba las “nóminas de los trabajadores de las fábricas de …”. No recuerdo el nombre de la ciudad, pero la frase es literal. Héroe un individuo que vestía cual burgués que pretende llegar a aristócrata robando a los trabajadores: vaya mierda de héroe. Y a la salida, cómo no, comentarios estúpidos de un grupito de rubenescos idiotas que me señala, me sigue y se ríe.

Yo no he atracado bancos, no he matado a nadie, no he robado el sueldo de ningún trabajador para el “sindicato” – léase mafia-. Pero, el día en que me harte y, airado, mate a alguien, no dirán de mí que soy un “justiciero” que hago pagar con una vida 22 años de ignominia; no dirán que no soy más que un ser humano que, habiendo soportado la estupidez de la gente durante 22 años, ha estallado en un momento dado y vomitado lo que recogió durante toda su vida: odio.

Volverán a señalarme como lo hacen con los jóvenes que, hartos de las humillaciones de sus compañeros, entran en sus escuelas y revientan los cráneos de sus “humilladores” a balazos. También los de sus cómplices, los que callaron ante el maltrato.

Y dirán lo mismo: “¿pero en qué sociedad vivimos?”, “esta juventud ha perdido la cabeza”, “¿a dónde vamos a parar?”, “es una locura, los jóvenes ya no respetan nada”. Hablarán de una locura informe y exterior a ellos, de una reacción injustificable por brutal, callarán, como callan cuando ante ellos alguien es humillado. Con ello se convertirán en cómplices.

Pero cometen un error: el loco no está del lado de quien, harto, empuña el fusil – reacción natural: hostigar a un perro durante horas tiene como inevitable consecuencia la mordedura rabiosa-; la locura está del lado de quienes convierten en ejercicio diario la falta de respeto al diferente, al desconocido. Aquel que cree que puede abordar a alguien que no ha visto en su vida para insultarle. “Pero sólo para divertirse, claro”. Porque en el mundo que hemos construído sólo es violencia la que se expresa de forma física, la verbal no es más que palabra, y la palabra, hoy, no vale nada. Craso error. Hay palabras que despiertan ira, y ésta, una vez erguida, no suele volver a la cama si no es con las manos llenas de sangre.

Y me llamarán asesino. Porque el golpe rápido y certero del acorralado es criminal, pero el puñetazo diario de la chusma no es más que algo que uno debe sufrir estoicamente. “Ya sabes como son…”, “bah, no les hagas caso…”. Cuando están vivos reconocen en ellos lo que son, unos hijos de puta. Pero cuando los matas, manipulan la realidad y los convierten en personas –algo de lo que en vida nunca ejercieron- vilmente atacadas por un bestia, un loco. Adjetvos aplicados a lo largo de la Historia a la misma clase de ser: aquel que ha nacido diferente, aquel que se comporta de forma diferente, aquel que se aleja de la estulticia de la manada, aquel que pone en riesgo la capacidad de censura y coacción del grupo.

Soy consciente de todo ello. Pero ni lo comparto, ni lo acepto. Algún día no podré controlar mi abultada ira. Empezaré a soltar hostias al primer imbécil al que se le haya ocurrido creerse adecuado para juzgarme, mofarse de mí, o simplemente mirarme con la sonrisa bobalicona con la que suelen obsequiarme.

Y no podré parar, y probablemente acabará convertido en un saco de huesos rotos. Quien sabe, igual nunca se recupera.

Y entonces me llamarán asesino.

Pero yo, entre rejas, dormiré a gusto, pues la cárcel no será más que la semana de convalecencia tras la que llega la vitalidad de quien ha dejado atrás la enfermedad.

miércoles, 27 de mayo de 2009

La persona-fritanga

El concepto de persona-fritanga acabó siendo acuñado por un ilustre alcohólico compostelano (en horas bajas por estas fechas, repudiado por la baja calaña nocturnoide compostelana) después de una copiosa injesta de croquetas de jamón marca "Alteza" en un aciago mediodía de mayo en que la canícula compostelana azotaba sus cojones tiempo ha. El significado de dicho concepto es el siguiente: persona que provoca un irremediable asco en el momento en que se muestra ante nuestros sentidos. Y su creación conceptual responde a lo siguiente: después de la primera bolsa de croquetas torturadas con abundante aceite hirviendo, el susodicho dejóse llevar por el vicio y cocinó una segunda bolsa de este manjar. Una vez deglutidas las croquetas bañadas en abundante aceite, el pobre hombre no pudo hacer otra cosa que arrodillarse ante el cetro de su vida y vomitar. Así, las sensaciones provocadas por la persona-friitanga son similares a las provocadas por la intuición de la existencia de la croqueta: repulsión, acidez estomacal sobrevenida, oleada de delicuescente mierda bajando por el recto...

Dicho concepto puede ser aplicado a otras realidades de la vida humana (arte-fritanga, política-fritanga, pensamiento-fritanga) que provocan en el individuo consciente de su existencia como pensador frustado similares sensaciones.

[La creación musical de Joy Division, así como la persona de Ian Curtis no responden al paradigma de persona-fritanga, más bien son la antítesis: provoca estima y atracción. Dicha creación acompaña al texto por motivos obvios: crea en el escribiente la misma sensación de desazón ante la humanidad que la que le asalta tras la visión de alguna de sus personas-fritanga]


jueves, 21 de mayo de 2009

Pedo mental


Noto un cosquilleo de aire en el cerebro. Me gustaría tomar con mis manos ambos hemisferios y separarlos, al igual que hago cuando, harto del rugir aerofágico de mi vientre, tomo los hemisferios inferiores con las manos y los abro para facilitar el estallido del eructo sureño. Pero no puedo, el cráneo me lo impide, y aunque hace tiempo que retiré de mis dedos la piel y la carne para llegar al hueso, aunque hace tiempo que limo las falangetas con el amor con el que un carpintero suaviza el mueble recién acabado manoseándolo con lija, aunque ya he retirado parte de la masa epidérmica que cubre el cráneo, éste ha sido maliciosamente reforzado con una rejilla industrial sustentada por alambres, placas y tornillos de titanio, ante los cuales, mis huesudas manos, sólo pueden claudicar.

Sigue ahí, fluctúa a la velocidad con que se desplazan los valores bursátiles del Japón, desgarra las paredes que le encarcelan con desesperación, y yo aliento a la condenada a hacerlo con mayor destreza, ya que desde fuera nada puedo hacer para excarcelarla. Sigue ahí. La inspiración.







[Foto: Rudolf Schwarzkogler]

miércoles, 15 de abril de 2009

O FALSO DILEMA DA LITERATURA GALEGA (Constantino Bértolo)


Transcribo eiquí un interesante artigo sobor de certos aspeitos do proceso de normalización lingüística lido nestes días nunha certa revista dun certo partido dun certo independentismo galego que aínda mantén o norte e non sente vergoña nin por ser de esquerdas nin por pecar de arredismo. Un día destes daráseme por traducilo a outras linguas non tan internacionais e importantes para a cultura universal coma o galego (léano con ironía os firmantes e "apoiadores" do Manifesto por la lengua común, a comemerda de González Sinde entre eles)


Os gregos, xa se sabe, asentaron o eixe das coordenadas da cultura occidental. Por exemplo, trazaron o mapa dun sistema de convivencia, a democracia, no que nós aínda andamos a velas vir. A democracia, alén diso do poder do pobo (se ben daquela como agora uns eran máis pobo do que outros), baseábase na palabra e nun espazo público onde a palabra puidese ser dita e escoitada por todos, e desde posicións e dereitos iguais para todos. Todos tiñan liberdade de expresión porque todos tiñan o mesmo medio de expresión: a voz. Daquela aínda non se inventara o altofalante, e se existían as caretas como mecanismo de resonancia e amplificación –a personna, o para soar- o seu uso estaba restrinxido á escea teatral. Era tan importante a voz que o seu alcance marcaba a dimensión que debían ter as vilas. Os seus límites coincidían cos da voz. O perímetro da polis, a fronteira onde a voz deixaba de ser audible.

Cando se empeza a construir Galicia, Pericles e os seus son un recordo que perdura no silencio, pero que apenas deixa escoitar a súa voz. Polo medio levan pasado Roma e os bárbaros que, xa cristianizados, ocupan as antigas vilas. É agora cando a voz común deixa de ser a humana, a voz divina é a que ocupa o seu lugar: a campá. O alcance da campá marca os lindes das polis galegas, as parroquias. Non en balde é nos adros das igrexas onde as comunidades se reúnen para organizar a súa convivencia; e até hai moi pouco tempo, exactamente até a brutal irrupción brutal da televisión, o espazo sonoro da campá seguía sendo o núcleo político das nosas comunidades.

A literatura é unha voz. Arredor dela é onde se narran, constrúen e organizan as historias e os espellos colectivos, o conxunto de medos e soños, esperanzas e silencio que van tecendo os nosos imaxinarios. Pero non nos enganemos: esa voz sempre foron dúas voces distintas, dúas literaturas. Unha, a literatura con maiúscula, a literatura dos libros, dos mosteiros, dos letrados e escribas, das capas privilexiadas da poboación, das Cortes, da burguesía administrativa e mercantil; outra, a literatura con minúscula, a literatura oral, a literatura ao pé da lareira, do cantar de cego, da copla que se vende e recita nas feiras e nas romarías, o chiste que nace e se espalla polas tabernas, o conto, a lenda ou suceso que vai pasando de xeración en xeración. Hai veces nas que as dúas literaturas se atopan e mesturan, pero case sempre viven de costas a unha da outra. Talvez a clave de Cervantes e o Quijote resida no milagre que supón ter acadado escribir con minúsculas o que até entón era terreo acoutado das maiúsculas.

Por circunstancias de dominio político, social e lingüístico, a literatura galega foi, durante séculos, unha literatura escrita con minúsculas: a literatura da copla, dos contos e dos sucedidos. Unha literatura en voz baixa, de preto dos seus destinatarios, onde a produción e o consumo eran case simultáneos, fortemente enraizada nos espazos e experiencias comúns. O Rexurdimento da Literatura Galega consiste no meritorio intento da burguesía nacionalista de dotarse dun patrimonio literario con maiúscula, nun contexto onde só a maiúscula, o libro, outorgaba a homologación precisa para falar de literatura e de Nación. E conseguírono: Rosalía, Curros e Murguía fundan esa literatura. O rechamante, por natural, é que esa nova literatura non lle dá as costas á outra, á non escrita, senón que recolle dela moi especialmente o seu latexo popular para, co libro como semente, arar os novos espazos urbanos de Galicia que queren oír a súa voz. Esta liñaxe literaria, a que se alimenta do popular sen caer necesariamente no costumismo nin no folclore, chega até o último libro de poemas de Méndez ferrín, Contra Maquiero, pasando por unha figura tan fundamental como a de Ánxel Fole, que deita na imprenta o profundo son da literatura oral galega, o rosmar do conto, ou pasando pola obra dun poeta como Uxío Novoneyra, onde o popular e as vangardas literarias se fecundan mutuamente.

É nesta beira da liña de traballo da literatura galega onde se fundaría a súa descolonización, a súa constitución como Literatura con maiúsculas, e onde buscará sinais de identidade homologables acudindo a un proxecto de refundición da memoria literaria centrado no mito celta, ao tempo que trata de saír ao exterior buscando as conexións rotas coa tradición europea e, así, probar que xa é unha literatura sen complexos. Son tempos nos que a burguesía nacionalista tenta que o libro, a Cultura –tamén esta con maiúscula- substitúa á campá como voz común, anovando e integrando por este vierio o permanente latexo popular, tentativa que naceu co grupo Nós, e é liquidada após da guerra civil e a longa noite de pedra da ditadura franquista. Entendo que a recuperación desa literatura asoballada marcará a literatura galega até a chegada da democracia parlamentar.

Cando chegou a normalización autonómica, o libro, a pesar de tantos e tantos encomios do humanismo ilustrado, foi cedendo a súa voz á voz do mercado e aos seus altofalantes: a televisión, o marketing, os escaparates. Tamén a literatura xogou, e nesas segue, a normalizarse; é dicir, a ser mercado. E viñeron os premios máis ou menos preparados, as novelas de usar e tirar, o reino dunha literatura destinada ao puro lecer. Semellaría que, ás veces, o feito de estar escrita en galego era patente de corso para que a literatura máis inane se fixese a señora da casa. Con poucas excepcións, a literatura galega por fin se normalizaba, e acadaba o seu desexado status propio mirándose no espello das dominantes, e na lista de libros máis vendidos. O desexo de normalizarse foi acollido polas editoriais dominantes e pola maioría dos actores do sistema literario galego con idéntico entusiasmo co que un rapaz acolle os seus zapatos novos: da aldea á posmodernidade pasando pola televisión. Normalizarse foi entendido do mesmo sentido do que o mercado viña propoñendo para as literaturas do Primeiro Mundo: a substitución dos conflitos narrativos polos misterios máis ou menos (máis) traidos polos pelos, a insistencia en tramas de investigación máis ou menos (máis) policiais, a integración na armadura de elementos máis ou menos (máis) folletinescos, a introdución dunhas pingas de metaliteratura borxiana, e a complicidade co sentimentalismo de dereitas ou de esquerdas (socialdemócrata) dos leitores, abeirando no facer país; a lexitimación para facer mercado como sexa. O negocio como contrabando cultural.

Entre a campá e o mercado elixo o mercado, parece dicirse a sí propio con fachenda o campo literario galego dominante. O que debemos e preguntarnos polo porqué de pechar a literatura galega nese falso e interesado dilema que o único que fai e presentar como inevitable a lóxica do mercado capitalista. Acaso queren silenciar que hai outro horizonte para a literatura galega, aquel que sen nostalxias, nin inxenuidades, nin rendición busque convocarnos arredor da emancipación como pobo, lingua e clase explotada? Un horizonte de combate contra o mercado e os seus capataces literarios que desexen seguir mantendo o control sobre a homologación do que sexa ou non sexa literatura e tamén seguir mantendo o dominio sobre os recursos necesarios –editoriais, medios de comunicación, institucións educativas e culturais-, para preservar unha literatura normalizada, ao servizo das exquisitas complexidades da súa intocable vida interior cos seus respectivos signos exteriores de riqueza e alta sensibilidade estética subvencionada.



[Artigo publicado no número cero da revista Espiral (órgano da Frente Popular Galega) pensado e escrito por Constantino Bértolo, crítico literario e director do selo editorial Caballo de troya, do grupo Ramdom House Mondadori, e que ven de publicar un interesante libro La cena de los notables na editorial Periférica]