Despistado por haberlo convertido en un acto rutinario, fue brutalmente mordido mientras le echaba de comer. Su cuerpo, amaestrado en el desprecio del dolor apartó la mano del agua; su mente, aferrada a la necesidad de estimular al máximo las facetas de la masa gris, introdujo de nuevo la mano en el agua y buscó su boca, pegó un pequeño golpe en la reblandecida cabeza y obtuvo la airada reacción de un animal temeroso de la mano de Dios pero no de la de su amo.
Excitado por la dura contienda entre lo que dictaba su cuerpo amaestrado y aquello que deseaba su cerebro, por las tardes, al volver de la escuela y mientras su madre dormía, subía al desván, cerraba sigilosamente la puerta con llave y tras desnudarse metía la mano en el agua. Seguía con el dedo la mirada de la tortuga hasta que sus afiladas uñas rozaban su cara y mordía. Suspiraba con mesura para no despertar a la madre, observaba con pasión como se erizaba la delicada alfombra de bello que por aquel entonces recubría su cuerpo, dotándolo de una patina de color oro sobre la superficie de una en extremo bronceada piel.
Pasarían los años y acabaría convirtiendo aquel inocente juego infantil en una fuente de placer.
Desnudo en la tinaja en la que yacía el animal, lo rodearía con sus piernas, construiría con ellas una muralla franqueable solo por un lugar: aquella extraña masa de piel con pequeñas esferas que colgaba del punto donde las piernas del sátrapa perverso se juntaba y sobre la cual se erigía un adolescente pene rígido. Y volvía a experimentar lo que años atrás, pero en mayores dosis: la pequeña criatura clavaba sus uñas en el escroto, el pene se endurecía con tal fuerza que marcaba cual péndulo el ritmo cardíaco sobre su vientre y entonces, temeroso del dolor corporal pero ansioso por la explosión neuronal que provocaría, golpeaba con el miembro al animal, que noqueado por la dureza de la sangre ya casi coagulada, trababa el prepucio entre sus afiladas mandíbulas. Craso error por su parte, pues acabaría ciega, recubierta de la blanquecina masa gris viscosa, que, para decepción del joven, nunca se atrevería a lamer.
Nada es suficiente en cuestiones que atañen al placer, nada es pecado en cuestiones que atañen al placer, nada es vida donde no hay placer.
Una imagen puede ser tomada como referente de una intención: el periodismo como arma política, la máquina de escribir como ametralladora con la que volar la cabeza de los lectores y de nuestros enemigos.
La de los lectores debe recibir un disparo literario, informativo, saludable, revitalizante: información. La de nuestros enemigos debe ir cargada de pólvora, no tiene más objetivo que liquidar de la faz de la tierra a aquel con el que no deseamos seguir pisando este planeta, pues es él quien nos impide alcanzar lo deseado.
En la era de lo políticamente correcto, el periodismo se vende de cara al público como un ejercicio de neutralidad: aportar información al lector pero evitar posicionarse ante la realidad. "Es lo correcto" defienden los bobos imberbes recién llegados a la facultad y los incompetentes que les vacían el cerebro en las tediosas clases-misas.
La objetividad es la excusa tras la que se esconde el periodista-funcionario para justificar su indiferencia, su acomodada vida, su cobardía.
El buen periodista es aquel que hace de su trabajo la expresión de su filosofía de vida y de su ideología. El periodista inteligente es el que deja claro sus ideas al lector y las muestra abiertamente; el que analiza la realidad en función de esa ideología y el que usa su trabajo como arma para lograr sus fines (no fines perversos: la fama, acercarse al poder...).
No hablo del actual periodismo de trinchera en el que somos esclavos de los medios que funcionan como escudos protectores de determinados partidos*. Hablo del individuo que antepone sus ideas a la línea editorial del medio, al que con su trabajo fomenta el debate social, la libre opinión. Aquel periodismo de opinión que llevaba al lector a la reflexión y no a la indiferencia.
[*Imagen de Chumy-Chúmez que probablemente tenga la intención de denunciar el periodsimo de trinchera]
"El doctor Cardoso llamó a la camarera y pidió dos macedonias de fruta sij azúcar y sin helado. Quisiera hacerle una pregunta, dijo el doctor Cardoso, ¿conoce usted los médecins-philosophes? No, admitió Pereira, no los conozco, ¿quiénes son? Los más importantes son Théodule Ribot y Pierce Janet, dijo el doctor Cardoso, fueron sus obras lo que esudié en París, son médicos y psicólogos, pero también filósofos, propugnan una teoría que me parece interesante, la de la confederación de las almas. Explíqueme esa teoría, dijo Pereira. Pues bien dijo el doctor Cardoso, creer que somos "uno" que tiene existencia por sí mismo, desligado de la inconmensurable pluralidad de los propios yoes, representa una ilusión, pos lo demás ingenua, de la tradición cristiana de un alma única; el doctor Ribot y el doctor Janet ven la personalidad como una confederación de varias almas, porque nosotros tenemos varias almas dentro de nosotros, ¿comprende?, una confederación que se pone bajo el control de un yo hegemónico. El doctor cardoso hizo una breve pausa y después continuó. Lo que llamamos la norma, o nuestro ser, o la normalidad, es sólo un resultado, no una premisa, y depende del control de un yo hegemónico que se ha impuesto en la confederación de nuestras almas; en el caso de que surja otro yo, más fuerte y más potente, este yo destrona al yo hegemónico y ocupa su lugar, pasando a dirigir la cohorte de las almas, mejor dicho, la confederación, y su predominio de mantiene hasta que es destronado a su vez por otro yo hegemónico, sea por ataque directo, sea por una paciente erosión. Tal vez, concluyó el doctor Cardoso, tras una paciente erosión haya un yo hegemónico que esté ocupando el lideradgo de la confedereación de sus almas, señor Pereira, y usted no puede hacer nada, tan sólo puede, eventualmente, apoyarlo"
[La Montaña Mágica, Thomas Mann, pág 575 (editorial Edhasa). Naphta, en una de las múltiples disputas verbales con Settembrini, responde esta maravillosa glosa al italiano]
No es necesario que recalque mi rechazo al texto que me precede, simplemente, al colocarlo en este habitáculo, pretendo mostrar la ideología que está detrás de algunos comportamientos que se dan hoy en día, en el siglo XXI, en determinadas instituciones pseudos-académicas.
¿No sienten ustedes, humildes lectores pertenecientes al rebaño de los que en su día decidieron erróneamente entrar en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Santiago de Compostela que es esto, lo descrito en el primer párrafo, lo que hacen con nosotros? ¿No creen que es esta la forma en la que los pseudos-pedagogos de dicha institución consideran a sus alumnos: unos jóvenes ansiosos de renunciar a su "ego" para postrarse piadosos ante las rodillas de sus "superiores"? (Por informaciones que no desvelaremos del todo, hemos sabido que en dicha facultad existe un magnánimo y todopoderoso ser al que apodan "EL DE ARRIBA", quizá sea una representación real de Naphta en el mundo terrenal)
Yo, por mi parte, me reconozco como joven egocéntrico y narcisista poco dispuesto a renunciar a mi amable individualidad, motivo por el cual rechazo de base cualquiera iniciativa pedagógica originada en la mente de tan chuscos profesores, carentes de la originalidad necesaria para cambiar el mundo, para abrir a la sociedad espacios de creación nuevos, para alterar el mundo establecido. Para hacer caer el decrépito y lamentable estado en que se encuentran los medios de comunicación actuales.
Son ellos, esos casposos profesores, los que se empeñan en que taladremos nuestros inmaculados cerebros (inmaculados, no en el sentido de que nada importante para la vida ha sido sometido a un proceso de reflexión serio en su interior, más bien todo lo contrario, inmaculados en el sentido de que lo banal, lo estúpido, lo arcaico, lo en exceso esquemático y rígido por conservadurismo ya no entra en ellos, y si se les fuerza, como aguerridos cortadores de troncos procedentes de la gloriosa Euskalherría, tajaran de un golpe la podredumbre que con ese intento siniestro de violación, podría haber entrado en ellos) con ridículas clasificaciones de los productos (en el más humillante sentido de la palabra) televisivos: Continente, contenedor y contenido. Y tu puta madre clavada en una buena estaca por haber dado al mundo semejante excremento bien maquillado.
La ridiculez de las materias impartidas, la banalidad de los contenidos de la carrera a la hora de dilucidar su utilidad en el campo profesional, cuando ya has toqueteado algo algún medio de comunicación; la soberbia con la que auténticos iletrados de brillante currículum poco sospechoso de haber sido elaborado a base de felaciones (léase con tono irónico) se atreven a creerse en condiciones de decidir si uno está preparado o no para dedicarse al periodismo: Pero acaso alguno de ustedes ha ejercido en algún momento de su vida, por breve que fuere, el periodismo (excluyendo de este maravilloso término toda clase de prácticas inmorales, torticeras y denigrantes que no pueden ser consideradas periodismo)?
Como personas libres que somos haremos algo tan indignante para sus señorías como no dejarnos pisotear, mantener nuestros cerebros bien lejos de la carcoma que inunda los suyos y ejercer libremente nuestra vida: el periodismo, pues para alguno de nosotros no es sólo una profesión con la que pagar el último coche de alta gama que nos hemos comprado, es una forma de vida y de relación con la realidad del mundo, una vía mediante la cual experimentar esa realidad desconocida y narrarla con la única voluntad de mostrar su belleza, ingenuos de nosotros (vuelva a leerse con ironía), creemos que no merece la pena malgastar nuestra vida haciendo ridículas tesinas minutando informativos, ingenuos de nosotros, preferimos un buen polvo.
No necesito que esta manada de borricos me conceda el honor de colgarme un título sobre los hombros para poder ejercer. Ninguno de ellos (exceptuando gloriosas rarezas: Les entre ellas) está en condiciones de realizar tal proeza.
Soy libre de lanzarme al mundo para vivirlo y narrar mis experiencias.
No llegó a superar a Van Gogh, pero uno se encapricha y, de forma irracional, acaba tomando partido en favor del fracasado que consiguió sobrevivir vendiendo sus cuadros mientras que el gran maestro agonizaba esperando a que, tras su sepultura, su nombre reinase en el mundo como guía fundamental del expresionismo.
El verano es como un filme de Dreyer, pesado, irritante, monotemático y débil en lo que respecta a las vivencias esenciales humanas.
El cuerpo mantiene las constantes vitales, pero centra toda su atención en la expulsión del sudor por las porosidades del tejido que cubre nuestros órganos cual bolsa de plástico que los gordos acomplejados (entre los que no me incluyo, pues presumo de abundante barriga señorial) se enrollan a la cintura antes de salir a correr por los parques públicos, pensando ingenuamente que con ello reducirán las grasas que cubren su abultado paquete intestina.
[Pretendo, con esta lamentable comparación, presentar la piel como elemento que coarta la autonomía de los cuerpos internos, aprieta y encarcela la masa sanguinolienta de la que depende nuestra vida].
Así funciona nuestra piel, calienta los líquidos almacenados y cuando estos llegan al punto de ebullición, las microscópicas compuertas,
[Consejo que puede no tenerse en cuenta: ojo, microscópicas, que ningún adolescente desesperado en la búsqueda de un amor de verano intente introducir su pene por ellas para satisfacer sus más íntimas y apremiantes necesidades psicológicas, pues, si la suerte le acompaña en la vida, el volumen de su pene es mayor que el agujero de salida de los líquidos mencionados. En todo caso, si ello no es así y puede permitirse el lujo de masturbarse con sus porosidades corporales debido a la estrechez de su miembro, recomendamos que no realice tal ejercicio, pues la insatisfacción de eyacular en el interior de uno mismo es mayor que la de expulsar el sedimento amoroso que almacenan los testículos al aire, (perfumándolo de dicha manera), y no a la irregular bóveda femenina, infinito túnel anal o cascada buco-gastrica, allá cada cual con sus preferencias de exploración anatómicas ]
a través de las que nuestros órganos internos acechan al mundo exterior, se abren silenciosamente para dejar correr lagrimillas viscosas que se adhieren a los ropajes y nos señalan olfativamente en medio del gentío, humillándonos ante la mozuela de pechos abundantes a la que pretendíamos invitar a pasear por los festivos vericuetos que la turba de ancianos y adolescentes pijos confecciona en el atiborrado autobús. A ninguna dama le gusta el ácido sabor de la sudoración.
Y movemos pesadamente nuestro cuerpo de silla en silla y de rincón en rincón, como los protagonistas de las Dreyéridas,
[Con dicho término, pretendo señalar jocosamente la magnanimidad de los filmes de Dreyer, acercándolos a creaciones artísticas encumbradas por los amantes de lo monumental, como puedan ser las Geórgicas. Más, puede que con ello, sólo consiga hacer el ridículo o mostrar mi incultura, efecto no perseguido de forma voluntaria, pero que, desgraciadamente, todo escritor novel acaba sufriendo]
buscando el lugar adecuado para echar a pastar nuestras posaderas sin que el cañón que las divide en dos mitades semiesféricas se convierta en el amazonas de nuestra coraza, en el mayor río de sudoración jamás visto, que dirige su abundante caudal hacia el modesto perineo, amenazando con ahogar la zona escrotal y hacer hervir en sangre los cuerpos no-exactamente-esféricos que alberga la bolsa que en dicho lugar ha de encontrarse. Pero la naturaleza sigue siempre sus impulsos, y al final de la dura jornada de resistencia, hemos perdido la batalla.
Llegada la noche, nuestros ejércitos, enfundados en sus blanquecinos uniformes, se despliegan a ras de tierra: heridos unos, moribundos otros, muertos los muchos, intentando levantar sus grandes y pesadas cabezas aquellos que quieren encontrar con la mirada, antes de fenecer, al fiel amigo con el que anhelaban atacar al óvulo díscolo que, cual Quijotes al borde de la ensoñación, habían idealizado. Pero nunca encontrarán a su bella Dulcinea, nunca atravesarán su esponjoso cuerpo para crear en su interior a esos diminutos seres repugnantes (niños les llaman los adultos), pues el verano se ha interpuesto trágicamente en su camino.
He intentado cortarme las venas, pero es inútil. Sé que cuando lo haga, un ejército de sudorcitos acudirá raudo al lugar del crimen y taponará la fuga mortal. Y con ello conseguiré únicamente añadir otro extraño bulto a mi cuerpo, otro elemento bizarro más dispuesto a ser objeto de los múltiples chances humillantes de esa sociedad nauseabunda de la que tanto me acuerdo cuando visito el museo de Bombas Atómicas de Nagasaki. Una pena que en dicho organismo cultural no permitan el préstamo domiciliario de tan bellos ejemplares, como sí hacen en las bibliotecas públicas del país alargado. ¿Acaso temen una última y verdadera revolución cultural?
[Aclaración final: Dreyer era nórdico, por eso nunca supo que sus películas eran una representación de los sufrimientos corporales que provoca el calor en el resto del mundo. A través de sus creaciones fílmicas, los del Norte pueden vivir en el cine una especie de recreación de la tortura que supone para un sureño la llegada del periodo estival. Sin duda, una de las grandes aportaciones del director a la cultura sadomasoquista de los fríos países cuasi-polares]
Disculpen las molestias mis queridos compatriotas del país de los extraños.